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Grandes Discípulas del Buddha: Bhaddā


By maggacitta - Posted on 07 September 2011

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Flores

Bhaddā-Kuṇḍalakesā: La asceta diestra en debate

En Rājagaha, capital del reino de Magadha, vivía una joven de buena familia llamada Bhaddā, hija única de un rico mercader. Sus padres la mantenían confinada en el piso superior de una mansión de siete pisos, pues la joven era de naturaleza apasionada y temían que el despertar de su sexualidad le causara problemas. Un día, Bhaddā oyó un revuelo abajo en la calle y cuando miró por la ventana, vio a un criminal que era conducido hacia el cadalso. Se trataba de un hombre joven de posición social que se había convertido en ladrón. En el momento en que Bhaddā fijó sus ojos en él, el amor surgió en su corazón y la joven se acostó en su cama negándose a comer, a menos que pudiera tener a ese hombre por esposo. Sus padres intentaron disuadirla de tal locura, pero ella no veía otra alternativa. Así pues, su opulento padre envió un generoso soborno al guardián del prisionero pidiéndole que trajera al preso a su mansión.

El guardián hizo lo que se le había instruido. Sustituyendo al ladrón por un vagabundo, el oficial entregó el ladrón a su hija para que se casara con él, con la esperanza de que el futuro marido mejorara su carácter gracias a este repentino cambio de fortuna. Poco después de la boda, no obstante, el novio se obsesionó con el deseo de apoderarse de las alhajas de su mujer. Para conseguir su propósito le dijo a Bhaddā que había hecho una promesa cuando le conducían al cadalso: si escapaba de la muerte haría un ofrecimiento a una determinada deidad de la montaña. El ladrón insistió en que ella se pusiera sus más delicados ornamentos y le acompañara al lugar que frecuentaba dicha deidad: un acantilado en la cima de una empinada montaña. Cuando llegaron al acantilado, su marido le ordenó que le entregara todas sus joyas. Bhaddā sólo vio un modo de escapar de ese apuro: le pidió permiso a su marido para tributarle homenaje por última vez y mientras le besaba, le arrojó por el acantilado, estrellándose el marido contra el suelo.

Cargando con el enorme peso de su acción, Bhaddā optó por no regresar a su vida laica, pues los placeres sensuales y las posesiones ya no tenían sentido alguno para ella. Así pues, decidió convertirse en una asceta vagabunda. Primero entró en la orden de los jainistas y cuando se ordenó, le arrancaron el cabello de raíz como penitencia especial. Pero su cabello creció de nuevo y esta vez muy rizado, por lo que a partir de entonces la llamaron Kuṇḍalakesā, que significa "cabello rizado".

La enseñanza de la secta jainista no le satisfizo, así que se convirtió en una vagabunda solitaria. Viajando por India visitó a muchos maestros espirituales, aprendió sus doctrinas y adquirió, en consecuencia, un conocimiento excelente de los textos religiosos y de las filosofías. Bhaddā desarrolló una habilidad especial en el arte del debate y en poco tiempo llegó a ser una de las más famosas de India.

Un día, Bhaddā llegó a Sāvatthī donde el Venerable Sāriputta residía en el Monasterio de Jetavana. Al enterarse de la llegada de Bhaddā, Sāriputta le envió un mensaje manifestándole su deseo de debatir con ella. Poco después, Bhaddā, seguida de un gran número de personas, se dirigió hacia Jetavana segura de su victoria. Ella planteó varias preguntas a Sāriputta y él las contestó todas. Cuando la joven ya no tenía nada más que preguntar, le tocó el turno a Sāriputta. Su primera pregunta afectó profundamente a Bhaddā, a saber: "¿Qué es lo único?". Ella permaneció callada, incapaz de determinar cuál era la intención del anciano. "Seguramente, pensaba, no está refiriéndose a Dios o a Brahma o al Infinito, pero entonces, ¿qué es?" Admitiendo su derrota, Bhaddā quiso conocer la respuesta -que era "la nutrición" porque todos los seres están sostenidos por ella-, pero Sāriputta le respondió que sólo se la daría si entraba en la orden buddhista. El anciano, entonces, la envió con las monjas e hizo que recibiera la ordenación. Pocos días después Bhaddā había alcanzado el estado de Arahant.

El Apadāna ofrece otra perspectiva sobre el despertar de Bhaddā. Después de renunciar a la laicidad y de entrar a la Orden de monjas jainistas, Bhaddā estudió el sistema filosófico de su Orden. Un día mientras estaba sentada reflexionando en solitario sobre la doctrina jainista, se le acercó un perro con una mano mutilada e infestada de gusanos entre sus dientes que depositó justo enfrente de ella. Cuando Bhaddā vio eso, recibió un profundo impacto espiritual. Completamente alterada, preguntó quién podría explicarle el significado de tal incidente. Sus pesquisas le condujeron hasta los monjes buddhistas y éstos le llevaron ante el Buddha:

Él, entonces, me enseñó el Dhamma,
los agregados, las bases de los sentidos y los elementos.
El Líder me habló de la impureza,
de la transitoriedad, del sufrimiento y de la ausencia de auto-existencia.

Habiendo oído de él el Dhamma,
purifiqué la visión del Dhamma.
Cuando hube comprendido el Dhamma verdadero,
solicité los votos de novicia y la ordenación superior.

Hecha la solicitud, el Líder me dijo entonces:
“Ven, ¡Oh Bhaddā!”
Tras recibir la ordenación completa
observé un pequeño arroyuelo de agua.

Mediante el arroyo de agua en el que me lavaba los pies
conocí el proceso de ascenso y caída.
Después comprendí que todas las formaciones
son exactamente iguales en su naturaleza.

En ese mismo instante mi mente se vio liberada,
totalmente liberada con el cesar del aferramiento.
Entonces, el Victorioso me nombró primera
de entre todas las de comprensión rápida.

El último pareado se refiere a la ocasión en la que el Buddha declaró a Bhaddā la monja con mayor rapidez de comprensión. Ésta era una cualidad que compartía con el monje Bāhiya, quien alcanzó el estado de Arahant en un instante cuando el Buddha le dijo: "En lo visto, para ti sólo debe haber lo visto; en lo oído sólo lo oído; en lo sentido, sólo lo sentido; en lo reconocido, sólo lo reconocido". Ambos habían captado tan rápidamente la más elevada verdad y la habían penetrado tan profundamente que en una fracción de segundo ascendieron desde el estado de un ser común al de un Arahant.

Bhaddā pasó la última parte de su vida viajando por las tierras del norte de India predicando el Dhamma y guiando a otros hacia la misma meta de liberación que ella había alcanzado:

Libre de engaños viajé durante cincuenta años
por Anga y Magadha.
Entre los Vajjīs, en Kāsi y Kosala,
me alimenté de las ofrendas de la tierra.

Ese benefactor laico -un hombre realmente sabio-
que ofreció un hábito a Bhaddā,
ha generado mérito abundante,
pues ella está libre de toda atadura.

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