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Grandes Discípulas del Buddha: Isidāsī


By maggacitta - Posted on 01 November 2011

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Isidāsī: un viaje por el Saṃsāra

En Pātaliputa, vivían dos monjas buddhistas: Isidāsī y Bodhi, ambas diestras en la contemplación, bien versadas en la enseñanza y libres de todo engaño. Un día, cuando acabaron de comer, las dos amigas se sentaron a la sombra y su conversación las llevó a sus historias personales.

Isidāsī parecía haber sufrido mucho antes de unirse a la Orden. Bodhi se preguntaba cuáles serían las razones que le impulsaron a renunciar al mundo. Isidāsī se hallaba todavía en la flor de la juventud y tenía un semblante alegre y resultaba difícil concebir que la vida hubiera dejado en ella rastros amargos. Entonces ¿de qué modo se había revelado ante Isidāsī el sufrimiento de la existencia que la había impulsado a la vida de renuncia?

Isidāsī le contó su historia. Había nacido en Ujjenī, la capital del reino de Avanti. Su padre era un rico ciudadano y ella era su única hija. Se casó con el hijo de un amigo de negocios de su padre, también un acaudalado mercader. Su padre estaba orgulloso de que su hija entrara a formar parte de la familia de su amigo. Isidāsī era una joven honrada y bien educada. El profundo respeto por sus padres que le habían inculcado en su casa lo manifestaba igualmente por sus suegros y mantenía una relación cálida y amistosa con todos los familiares de su marido. Isidāsī era, asimismo, una ama de casa extremadamente aplicada y concienzuda. Servía a su marido con tanto amor, que ella misma preparaba con sus propias manos la comida de su esposo, en vez de dejar esta tarea a las sirvientas.

Isidāsī era, dentro del modelo de la India, una esposa ideal. Pero, por extraño que parezca, su marido no podía soportarla. El marido dejó bien claro que ella no había hecho nada en absoluto para contrariarle, ni jamás había manifestado ningún tipo de agresión hacia él, simplemente no le gustaba, así que, estaba dispuesto a dejar su hogar con tal de perderla de vista para siempre.

En realidad no había pasado nada. Ni siquiera su propio marido sabía por qué la odiaba ni se veía capaz de hallar una explicación razonable a su antipatía. Puesto que la familia del marido no podía remediar la situación y no deseaban perder a su hijo, no tuvieron más remedio que mandar a Isidāsī a casa de sus padres. Para Isidāsī ésta fue una experiencia absolutamente humillante y regresó a casa de sus padres totalmente destrozada.

Su padre tenía de nuevo a su hija bajo su protección y, aunque lo que había sucedido rebasaba su comprensión, se puso a buscarle otro marido. Entre sus conocidos, encontró a un hombre virtuoso y rico que se sentía muy dichoso ante la perspectiva de casarse con Isidāsī.

Isidāsī sirvió a su nuevo marido con el máximo amor y afecto, pero, apenas transcurrido un mes, se volvieron a repetir los mismos hechos: el segundo marido perdió su afecto por ella y se irritaba con su mera presencia. Éste la envió de regreso a casa de sus padres y el matrimonio quedó anulado.

Ahora, padre e hija se sentían completamente perdidos. Poco después llamó a su puerta un mendicante pidiendo limosna y al padre de Isidāsī se le ocurrió la idea de ofrecer su hija a aquel hombre. Le sugirió al asceta que se deshiciera de su hábito y de su cuenco y que se instalara en un estilo de vida más confortable, con una espléndida mansión como su hogar y la bella Isidāsī como su esposa. El asceta aceptó enseguida la tentadora oferta que rebasaba sus expectativas más descabelladas. Pero al cabo de dos semanas solamente, el hombre fue a ver a su suegro y le rogó que le devolviera su hábito y su cuenco, prefería pasar tanta hambre como el más pobre de los mendigos antes que vivir un día más en compañía de Isidāsī.

La pobre Isidāsī se sentía tan desgraciada que llegó incluso a pensar en suicidarse. Pero ese mismo día, una monja buddhista llamada Jinadattā acudió a casa de su padre para pedir limosna. Al ver el apacible rostro de Jinadattā, Isidāsī decidió hacerse monja. Para entonces, ella se había dado cuenta de que su incomprensible destino tenía que deberse a una causa más profunda, a algún kamma negativo que hubiera creado en una vida previa. Así pues, Isidāsī, siguió a la monja hasta el monasterio y abrazó la vida sin hogar.  

Después de su ordenación, Isidāsī practicó intensamente la meditación logrando los tres conocimientos superiores: la memoria de vidas previas, el conocimiento de la muerte y del renacimiento de los seres y el conocimiento de la destrucción de los engaños. Mediante su habilidad para recordar vidas previas, Isidāsī descubrió las causas subyacentes para sus fracasos matrimoniales.

Al examinar su propio pasado, Isidāsī vio que en el pasado había sido un hombre apuesto y rico, completamente intoxicado por la juventud. Como Don Juan o Casanova, este hombre había seducido a las esposas de otros hombres, sin decencia ni moralidad. Jugaba con el amor sin sentir arrepentimiento alguno por el daño que pudiera causar. Jamás aceptaba una responsabilidad, un compromiso. Le tenía sin cuidado romper los corazones de sus amantes y destrozar sus matrimonios. Y de este modo este hombre danzó durante su vida sobre un volcán –hasta que se agotó su tiempo-.

Después cayó en el oscuro abismo que él mismo había cavado con su temeraria conducta. Renació en el infierno, en donde no hay más que lamentos y rechinar de dientes. Allí experimentó por mil veces el sufrimiento que había infligido a los demás.

Cuando el castigo infernal llegó a su fin, la futura Isidāsī prosiguió su camino en el Samsara. Renació en el vientre de una mona. Como ya había experimentado las peores consecuencias de sus malas acciones, ahora empezaba a ascender lentamente desde las más oscuras profundidades. Siete días después de su nacimiento, el jefe de la tribu de monos le arrancó con sus dientes los genitales para evitar una futura rivalidad.

Después de su existencia como mono, renació en un carnero cojo y de un solo ojo a quien castraron. Su tercera existencia animal fue la de un buey, castrado y obligado a tirar del arado y del carro durante años. Trabajar duro era precisamente lo que el licencioso hombre había evitado siempre. En un momento dado, también perdió la vista.

En la vida siguiente, alcanzaba de nuevo la condición de un ser humano, pero como un hermafrodita, una mezcla de hombre y mujer. Ahora tenía los dos sexos al mismo tiempo, lo que evidentemente le impidió, una vez más, toda satisfacción y le convirtió en un excluido de la sociedad.

En la siguiente vida, el ser que había pasado de la posición de un ser humano a la de un ser infernal, de ésta a la vida animal como mono, carnero y buey, y de animal a hermafrodita, renació ahora como mujer. Se había convertido ahora en lo que antes fue el objeto de sus deseos: una mujer. Ésta es una manifestación literal del dicho de Dionisio el Areopagita: “La naturaleza del deseo es tal, que convierte al hombre en eso que desea”. En esta ocasión había nacido en la casta social más baja y fue comprada como esclava. Cuando en esta nueva existencia alcanzó la edad de dieciséis años y era una joven atractiva, fue tomada como segunda esposa por el hijo de un mercader. Pero apenas llegó a la casa de su marido, hizo todo lo posible por sembrar la discordia entre el marido y su primera esposa. Con el fin de desplazar a su rival, ocasionó múltiples desavenencias y disputas entre la primera pareja consiguiendo, finalmente, la ruptura entre ellos.

Agotado el fruto de sus malas acciones previas, nacía ahora como Isidāsī. Pero debido a que en su vida anterior había echado de su casa a otra mujer, tenía que sufrir todavía el desprecio y abandono de tres maridos sucesivos. Pero dado que no había reaccionado con enfado o agresividad a tales afrentas, sino que se había esforzado en cada ocasión por ser una esposa modelo, Isidāsī fue capaz de construir un fundamento virtuoso: después de hacerse monja, alcanzó las absorciones meditativas con una velocidad inusual y penetró rápidamente en la clave de su misterioso destino.

Tras haber vagado por el samsara como un hombre lascivo, después como un ser infernal, luego tres veces como animal hasta tener un renacimiento como hermafrodita, a continuación como una esclava pobre y finalmente como esposa repudiada, Isidāsī había aprendido la lección, había experimentado la enseñanza en su propia carne, había visto las funestas consecuencias de su deseo descontrolado. Así fue como se convirtió a un ser santo, en una Arahant. Ahora, por fin libre, podía decir:

 

Éste fue el fruto de una acción previa,

que aunque les serví como una esclava,

ellos me repudiaron y siguieron su camino,

con eso también he acabado.

Las practicas espirituales nos conducen a atenuar las acciones de vidas pasadas y evolucionar en el camino hacia la perfección y la unificación, la forma mas pura y genuina de UNO con El. La oportunidad del kharma es el Samsara.