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Grandes Discípulas del Buddha: Khemā


By maggacitta - Posted on 29 August 2011

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FloresKhemā—Discípula de Gran Sabiduría

El Buddha, que había nombrado a Sāriputta y Moggallāna como sus dos discípulos principales en la orden de los monjes, nombró asimismo a dos mujeres como sus dos discípulas principales en la orden de las monjas: Uppalavaṇṇā y Khemā. Una destacaba por sus poderes psíquicos y la otra por su sabiduría.

La monja Khemā pertenecía a una familia real de la tierra de Magadha. Su extrema belleza y rectitud eran dignas de contemplación y, cuando alcanzó la edad de contraer matrimonio, se convirtió en una de las consortes principales del Rey Bimbisara. Este rey había alcanzado el logro del que entra en la corriente y era un generoso benefactor del Bienaventurado. Pero aunque Khemā había oído hablar a menudo al rey acerca del Buddha, se resistía a ir a verle, temerosa de que fuera a encontrar alguna falta en la belleza de su cuerpo y le predicara sobre la vanidad de los placeres sensuales a los que ella estaba tan fuertemente apegada.

El rey, no obstante, se la ingenió y halló un modo de inducirla a escuchar la enseñanza. Khemā fue conducida, poco a poco y bajo ardid, hasta la sala en la que el Buddha estaba predicando en el Monasterio de la Arboleda de Bambúes. El Bienaventurado, que leyó los pensamientos de Khemā, creó mediante sus poderes psíquicos la imagen de una bella joven que le abanicaba a su lado. Khemā quedó cautivada por esta mujer y pensó para sus adentros: "Jamás había visto una mujer tan hermosa. Quienes afirman que el asceta Gotama desprecia la belleza de la forma deben estar tergiversando la realidad". El Buddha, entonces, hizo que esta imagen se transformara gradualmente: de joven a mujer de mediana edad y luego en anciana, con los dientes rotos, los cabellos grises y la piel arrugada. Finalmente la anciana cayó al suelo sin vida. Sólo entonces comprendió Khemā la verdad de la belleza externa y la naturaleza fugaz de la vida. El Buddha leyó su mente y dijo:

          Khemā, comprende que esta masa de elementos,

          enfermos, impuros, decadentes;

          goteando por todas partes y rezumando,

          sólo la desean los necios.

Al finalizar la estrofa, Khemā fue establecida en el fruto del que entra en la corriente. Pero el Buddha continuó con su instrucción, concluyendo su sermón con la estrofa siguiente:

          Los que están esclavizados por la lujuria son arrastrados por la corriente,

          como se desliza la araña por la tela que ella misma ha hilado.

          Habiendo cortado incluso con esto, los sabios vagan

          impasibles ante los placeres a los que han renunciado.

Khemā comprendió el sermón en toda su profundidad y en ese mismo instante alcanzó el estado de Arahant. Seguidamente Khemā, con la autorización de su marido, se unió a la orden de monjas.

Una persona corriente, tras oír la historia de Khemā, vería sólo lo asombroso del acontecimiento. Un Buddha, empero, puede ver más allá y sabe que esta mujer no alcanzó la liberación completa por azar. Un logro como el suyo, casi tan instantáneo como el relámpago, es sólo posible para alguien cuya semilla de sabiduría ha estado fructificando por mucho tiempo y cuya virtud ha madurado completamente. En eones previos, Khemā había plantado las raíces del mérito bajo muchos Buddhas. Debido a su atracción innata hacia la verdad más elevada, había renacido siempre en un lugar en donde vivía un Buddha. Se dice que cien mil eones atrás había vendido su bonito cabello para poder ofrecer limosna al Buddha Padumuttara. En un nacimiento fue la mujer del Bodhisatta, el futuro Buddha Gotama y siempre exhortaba a su familia de este modo:

          Ofreced limosnas de acuerdo a lo que tengáis;

          observad el Uposatha, mantened puro los preceptos;

          morad en el pensamiento de la muerte, atentos a vuestro estado moral.

          Pues, en el caso de los seres como vosotros,

          la muerte es cierta y la vida incierta.

          Todos los fenómenos existentes han de pasar, sujetos al deterioro.

          Permaneced, pues, atentos noche y día.

Un día, el único hijo que Khemā había tenido en esta vida murió repentinamente a causa de la mordedura de una serpiente, pero Khemā fue capaz de mantener una ecuanimidad absoluta:

          Vino aquí sin llamarle yo, para pronto partir sin anunciarlo;

          tal como vino partió. ¿Qué causa hay aquí para el dolor?

          El lamento de un amigo no puede tocar las cenizas del fallecido.

          ¿Por qué debería yo padecer? Él anda el camino que ha de recorrer.

 

          Aunque ayunara y me lamentara, ¿de qué serviría?

          Mis parientes y allegados, ¡ay! más desdichados serían.

          El lamento de un amigo no puede tocar las cenizas del fallecido.

          ¿Por qué debería yo padecer? Él anda el camino que ha de recorrer.

El Buddha ensalzaba a Khemā por ser la monja más destacada en sabiduría. Una vez, el Rey Pasenadi deseaba discutir con alguien sobre temas espirituales y ordenó a un sirviente que averiguara si había algún asceta o sabio brahmin en el pueblo con quien discutir. El criado preguntó por todas partes y se enteró de que estaba viviendo en el pueblo una monja discípula del Buddha. Era la santa Khemā, famosa por su sabiduría y agudeza en la discusión.

Cuando el rey recibió la noticia, salió al encuentro de Khemā, le saludó con respeto y le preguntó sobre la condición de un Tathāgata después de la muerte:

"¿Existe un Tathāgata después de la muerte?".

"El Exaltado no ha declarado que exista un Tathāgata después de la muerte".

"Entonces, ¿el Tathāgata no existe después de la muerte?".

"Eso tampoco lo ha declarado el Exaltado".

"Entonces, ¿el Tathāgata existe y no existe después de la muerte?".

"Ni siquiera eso ha declarado el Exaltado".

"Entonces, ¿el Tathāgata ni existe ni no existe después de la muerte?".

"Eso tampoco lo ha declarado el Tathāgata".

Las cuatro preguntas conciben al Tathāgata como una entidad substancial, formulando tesis contradictorias sobre el destino de dicha entidad. La primera pregunta, que está condicionada por el ansia de existencia, mantiene que los que han alcanzado la meta suprema siguen existiendo en alguna dimensión metafísica después de la muerte, bien como individuos separados, o bien absorbidos en una esencia espiritual transpersonal. Esta respuesta es la que ofrecen la mayor parte de las religiones, incluidas varias interpretaciones posteriores del buddhismo.

La segunda pregunta -que el Tathāgata no existe después de la muerte- refleja el ansia por la no existencia, por la aniquilación. Desde esta perspectiva, la liberación no es nada más que la disolución absoluta de una entidad real.

La tercera pregunta busca un compromiso: todo lo que es transitorio en un Tathāgata queda aniquilado en la muerte, pero sigue existiendo su esencia permanente, su alma.

La cuarta pregunta intenta escapar del apuro formulando una solución tipo "ni esto ni aquello" -un enfoque escéptico que, aún así, acepta implícitamente la validez de un Tathāgata como una entidad real-.

Las cuatro formulas han sido rechazadas por el Buddha como visiones erróneas. Todas ellas presuponen la existencia de un "yo" distinto del mundo -un "yo" que, o bien es ascendido a la vida eterna o bien aniquilado en el abismo de la nada- cuando en realidad, el "yo" y el "mundo" son meras abstracciones propuestas sobre la base de los cinco agregados que constituyen el proceso de la experiencia.

El Buddha enseña que no hay un "yo" o una "entidad" real que se proyecte hacia la eternidad o se destruya por completo; tal entidad substancial no ha existido nunca y, por consiguiente, nunca ha vagado por el samsāra. Lo que llamamos "yo" y lo que llamamos "mundo" son en realidad un proceso constantemente cambiante, siempre fluctuante. Este proceso arroja las ilusiones de un "yo" y de un "mundo" que, a continuación, se vuelven objetos de especulación en cuanto a su origen y su destino futuro. El camino de la liberación nos pide que dejemos de especular con el "yo", que abandonemos nuestras visiones y fórmulas habituales y que examinemos directamente los fenómenos en base a los cuales se formulan las visiones sobre la entidad: el proceso concreto de mente cuerpo.

La liberación no ha de ganarse formando hipótesis metafísicas, sino observando con atención el surgir y el cesar de los cinco agregados: materia, sensación, percepción, formaciones mentales y consciencia. Todos estos fenómenos han surgido debido a causas; por lo tanto son transitorios y sujetos a la disolución. Y todo cuanto es transitorio y sujeto a deterioro no puede ser una entidad.

Vivimos en el reino de la muerte, en un mundo de destrucción perpetua y de incontrolable transitoriedad, y todo lo que consideramos como un "yo" y como un "mío" está desvaneciéndose constantemente. El único modo de alcanzar un refugio de paz y seguridad verdaderas es renunciando a tales conceptos. Por eso el Bienaventurado proclamó: "Las puertas de la Inmortalidad están abiertas. Dejemos que los que tengan oídos generen fe".

En su discusión con el Rey Pasenadi, Khemā ilustró su punto de vista con un símil. Preguntó al rey sí conocía a un hábil matemático capaz de calcular el número de granos de arena contenidos en el río Ganges. El rey respondió que eso no era posible, pues los granos de arena en el Ganges son innumerables e incalculables. La monja entonces le preguntó sí conocía a alguien que pudiera calcular los galones de agua que contiene el gran océano. El rey consideró también que era imposible hacer eso, pues el océano es profundo, inconmensurable, difícil de concebir. El Tathāgata es exactamente del mismo modo, dijo Khemā. "El Tathāgata está libre de ser medido por la materia, la sensación, la percepción, las formaciones mentales y la consciencia. El es profundo, inconmensurable, difícil de concebir, como el gran océano". Por consiguiente, no es apropiado decir que después de la muerte el Tathāgata existe o no existe, o que existe y no existe, o que ni existe ni no existe. Ninguna de estas designaciones puede definir lo indefinible.

El rey se regocijó en la penetrante explicación de la monja Khemā. Más tarde se encontró con el Buddha a quien expuso la misma pregunta y el Maestro respondió exactamente como lo había hecho Khemā, la discípula que destacó por su sabiduría.

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