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Grandes Discípulas del Buddha: La Reina Sāmāvatī


By maggacitta - Posted on 01 October 2011

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La Reina Sāmāvatī: encarnación del amor afectuoso

En tiempos en los que India era el afortunado hogar del Despierto, un hombre y una mujer vivían en la zona fronteriza con su única hija, Sāmāvatī, una joven sumamente hermosa. Su vida de familia era feliz y armoniosa. Pero un día la desgracia llamó a su puerta: la peste se había propagado por su pueblo natal y la familia tuvo que huir de aquel lugar. Los tres se dirigieron a Kosambī, la capital del reino de Vamsa, en el Valle del Ganges, tratando de obtener la ayuda de un antiguo amigo del padre, Ghosaka, que era ministro de finanzas del rey. En la ciudad se había habilitado un lugar donde se repartían alimentos para los refugiados y allí acudía Sāmāvatī para obtener comida. El primer día se llevó tres porciones, el segundo día dos y el tercer día sólo una. Mitta, el hombre que distribuía las raciones, no pudo evitar preguntarle, un tanto irónicamente, si por fin había comprendido cuál era la capacidad de su estómago. Sāmāvatī replicó serenamente: “El primer día éramos tres, mis padres y yo. Ese día mi padre sucumbió a la plaga, por lo que el segundo día sólo necesité comida para dos; después murió mi madre, y hoy sólo necesito una ración”. El oficial, avergonzado por su sarcástico comentario, le pidió perdón. A esto siguió una larga conversación, y cuando el oficial comprendió que ella estaba sola en el mundo, le propuso tomarla como hija adoptiva. Ella se alegró de la propuesta y aceptó.

Sāmāvatī empezó inmediatamente a ayudar a su padre adoptivo en la distribución de comida y cuidado de los refugiados, lo cual hizo con eficacia y circunspección. Ghosaka, el ministro de finanzas del rey elogió al distribuidor de comida por la manera eficiente en que se estaba haciendo el trabajo y el funcionario respondió modestamente que su hija adoptiva era la principal responsable.

Así fue como Ghosaka conoció a Sāmāvatī, la hija huérfana de su difunto amigo, y quedó tan impresionado por su noble comportamiento que decidió adoptarla como hija. Su administrador, aunque con cierta tristeza, consintió, pues no quería obstruir su camino hacia la fortuna. De este modo, Sāmāvatī se mezcló con los círculos más exaltados de la región.

Un día, el Rey Udena conoció a la encantadora hija adoptiva de su ministro de finanzas y se enamoró instantáneamente de ella, atraído mágicamente por su naturaleza afectuosa y generosa. Sāmāvatī tenía precisamente lo que le faltaba a sus otras dos esposas.

Sāmāvatī siempre hallaba paz y felicidad en su corazón independientemente de las circunstancias externas, ya que el lugar para vivir no era importante para ella. Podía vivir en casa del ministro de finanzas como su hija favorita, o en palacio como la esposa predilecta del rey o en la oscuridad, como cuando vivía en casa de sus padres, o como una pobre refugiada.

El primer conocimiento que tuvo Sāmāvatī acerca del Buddha fue a través de Khujjuttarā, una de sus numerosas sirvientas. Khujjuttarā había alcanzado el fruto de acceso a la corriente en una oportunidad que tuvo de escuchar la Enseñanza del Bienaventurado. Ella compartió con la reina su más preciado tesoro, a saber, ese discurso que había escuchado del Buddha y que había revolucionado su vida. Luego Sāmāvatī le dijo que acudiera diariamente al monasterio, que escuchara el Dhamma y que lo repitiera delante de ella y de todas las damas del palacio. Khujjuttarā tenía una memoria excepcional y cada día que ella regresaba del monasterio, Sāmāvatī y todas las damas se sentaban a escuchar devotamente el discurso que Khujjuttarā les repetía.

En una oportunidad Sāmāvatī invitó al Buddha a que acudiera al palacio a diario para comer y propagar su doctrina, pero el Buddha rehusó la invitación enviando en su lugar a Ānanda quien acudía diariamente al palacio a impartir el Dhamma. La reina, quien estaba bien preparada gracias a la información transmitida por Khujjuttarā, en poco tiempo comprendió el significado de la enseñanza y alcanzó el estado de acceso a la corriente. Poco después, la Enseñanza se había extendido por todas las estancias de las mujeres. Incluso el padre adoptivo de Sāmāvatī, Ghosaka, el ministro de finanzas, se sentía conmovido por la Enseñanza.

Apenas quedaba alguna dama en el palacio que no se hubiera convertido en una discípula del Buddha. Una de estas mujeres era la segunda esposa del rey, Māgandiyā, quien estaba imbuida de un odio virulento contra todo cuanto fuera buddhista. Unos años atrás, su padre había conocido al Buddha y en su ingenua ignorancia le ofreció su hija como esposa. Pero el Buddha declinó la oferta con un verso acerca de las características nada atractivas del cuerpo. Este verso hirió profundamente la vanidad de Māgandiyā quien era una mujer muy hermosa. A partir de entonces albergó un odio amargo hacia él. Su odio por todo lo que estuviera relacionado con el Buddha se giraba ahora contra Sāmāvatī.

Māgandiyā imaginaba una acción mezquina tras otra, intentando perjudicar a Sāmāvatī. En una oportunidad, Māgandiyā escondió en las habitaciones del rey una serpiente venenosa y cuando el Rey Udena descubrió la serpiente y vio que toda evidencia señalaba a Sāmāvatī como culpable, su furia le hizo perder el control y, cogiendo su arco, disparó una flecha contra ella. No obstante, gracias al poder del amor benevolente de la reina, su profundo sentimiento de simpatía y compasión hacia todos los seres, la flecha rebotó en su cuerpo sin causarle daño. El odio del rey no pudo influir en el amor benevolente que Sāmāvatī sentía por él, lo que protegió su vida como un escudo invisible.

Cuando el Rey Udena recobró su temple y vio el milagro que se había producido, se sintió profundamente conmovido y suplicó a su tercera esposa que le perdonara, plenamente convencido de su nobleza y fidelidad. El rey, entonces, empezó a interesarse por esa enseñanza que tanta fuerza había dado a su mujer. El rey estaba tan impresionado que al tiempo tomó refugio en el Buddha y se convirtió en un discípulo laico.

Sāmāvatī había estado pensado en los prodigios del Dhamma y en la complejidad de las influencias kammicas. Una cosa había llevado a otra: llegó a Kosambī siendo una pobre refugiada; después, el distribuidor de alimentos le había dado cobijo; a continuación, el ministro de finanzas la había adoptado como hija; más tarde se casó con el rey; luego su sirvienta le trajo la enseñanza, lo que le había permitido convertirse en una discípula laica. Subsiguientemente, ella misma había propagado el Dhamma a todas las damas del palacio, después a Ghosaka y finalmente al rey. ¡Cuán convincente era la verdad! Tras reflexionar de este modo, Sāmāvatī penetró con su amor benevolente a todos los seres, deseándoles paz y felicidad. En poco tiempo, Sāmāvatī alcanzó el estadio del que regresa una vez, acercándose, más y más, al estadio del que no regresa, un logro que en aquellos días estaba al alcance de muchos laicos.

Māgandiyā seguía pensando en el modo de vengarse de su enemiga. Planificó, junto con algunos de sus familiares, un incendio que hiciera arder todo el palacio de las mujeres, de tal manera que pareciera un accidente. Así se hizo, las llamas del incendio demolieron completamente el palacio de madera y todas las mujeres que allí residían murieron, incluida Sāmāvatī. La noticia de este desastre se extendió rápidamente por la ciudad y no se hablaba de otra cosa. Varios monjes que habían recibido la ordenación recientemente también se vieron afectados por la agitación general y el Despierto calmó sus excitados corazones de esta manera: “Algunas de estas mujeres, ¡oh monjes!, habían alcanzado ya el estado del que accede a la corriente, otras el del que regresa una vez y aún otras el del que nunca regresa. Ninguna de ellas ha fallecido destituida de los nobles frutos”. Este era el aspecto más importante de sus vidas y de sus muertes. Luego el Buddha les explicó que la muerte de esas mujeres en el fuego del palacio se debía a un acto conjunto que habían cometido en una vida previa.

El Buddha declaró que uno de los resultados favorables de la práctica del amor benevolente es que el fuego, el veneno y las armas no pueden dañar al practicante. Pero en otras ocasiones el practicante es vulnerable. Sāmāvatī había alcanzado el estadio del que no regresa y es poco corriente que muera asesinado uno de los santos discípulos o que un Buddha se vea amenazado de ser asesinado, y es del mismo modo extraño que muera de forma violenta una persona perfeccionada en metta que ha logrado el estado del que no regresa. Estos tres tipos de personas, no obstante, tienen en común que sus corazones ya no pueden ser influenciados por tal violencia.

Después de algún tiempo, el Rey Udena descubrió que el perpetrador de tan terrible crimen había sido Māgandiyā. Ella y sus familiares que participaron en el hecho fueron quemados públicamente. A Māgandiyā la ajustició con la mayor crueldad, su agonía fue atroz, a pesar de que no era más que un anticipo de las torturas que le esperaban en el otro mundo y, consiguientemente, vagar por el samsara durante mucho, muchísimo tiempo.

El Rey Udena no tardó en arrepentirse de su acción tan cruel y vengativa. El rostro de Sāmāvatī, lleno de amor por todos los seres, incluidos sus enemigos, aparecía constantemente delante de él. Sentía que su furia violenta le había apartado de ella todavía más que la muerte. El rey, entonces, empezó a controlar cada vez más su temperamento y a seguir ardientemente las enseñanzas del Buddha.

Mientras tanto, Sāmāvatī había renacido en las Moradas Puras, en donde alcanzaría el Nibbāna. Los distintos resultados que producen el amor y el odio pueden contemplarse con ejemplar claridad en las vidas y las muertes de estas dos reinas. Un día, cuando los monjes discutían sobre quién de las dos estaba viva y quién muerta, el Buddha dijo que Māgandiyā ya estaba muerta cuando vivía, mientras que Sāmāvatī, aunque muerta, estaba realmente viva. Después el Bienaventurado pronunció los siguientes versos:

La atención es el camino hacia la inmortalidad,
la falta de atención es el camino hacia la muerte.
Los que están atentos no mueren;
los que no lo están es como si estuvieran muertos.

Los sabios, pues, reconociendo esto,
como la característica de la atención,
se regocijan en la atención,
deleitándose en el reino de los nobles.

Los inmutables meditan persistentemente
y constantemente se esfuerzan con firmeza
aspirando a alcanzar Nibbāna,
la insuperable liberación de las cadenas.

El Buddha declaró que Sāmāvatī era la primera entre las discípulas laicas que moraban en el amor benevolente (metta).