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Grandes Discípulas del Buddha: Mallikā


By maggacitta - Posted on 29 August 2011

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FloresMallikā—La Reina Niña de las Flores

Vivía en tiempo del Buddha, una joven muy bella, inteligente y bien educada llamada Mallikā, fuente de alegría para sus progenitores. Un día, con sus dieciséis años recién cumplidos, Mallikā fue con sus amigas a los jardines florales públicos llevando en su cesto tres porciones de arroz para la comida. Al salir por la puerta de la ciudad se cruzaron con un grupo de ascetas que entraban en Sāvatthī para efectuar su ronda de mendicantes. El líder del grupo llamó la atención de Mallikā: un hombre cuya magnificencia y belleza sublime le causó tal impresión que la joven le ofreció, impulsivamente, toda la comida que portaba en su cesta.

Ese gran asceta era el Buddha, quien dejó que la joven dispusiera la ofrenda en su cuenco. Después, sin saber a quién había ofrecido la comida, Mallikā se postró a los pies del Buddha y prosiguió su camino henchida de alegría, el Buddha sonrió. Ananda quiso saber por qué sonreía el Buddha, pues no ignoraba que el Iluminado no lo hacía sin una razón. El Buddha respondió que los beneficios de la ofrenda de esa doncella madurarían ese mismo día, ya que ese día se convertiría en la reina de Kosala.

Era increíble, ¿cómo podría el rey de Kosala elevar a una mujer de casta inferior al rango de reina? En la India de aquellos días, con su tan estricto sistema de castas, era impensable.

El Rey Pasenadi, soberano del reino unido de Benares y Kosala, en el valle del Ganges, era el monarca más poderoso de su tiempo. En aquella época estaba en guerra con su vecino Ajātasattu, el rey parricida de Magadha, quien le había vencido en la última batalla. El Rey Pasenadi se había visto obligado a retirarse y regresaba ahora a su capital montado en su caballo. Pero, justo antes de entrar a la ciudad, oyó el canto de una joven en los jardines florales. Era Mallikā que, inspirada por la alegría de haberse encontrado con tan ilustre sabio, cantaba melodiosamente. El rey, hechizado por el canto de la doncella, cabalgó hasta los jardines. Pero Mallikā no huyó del extraño guerrero, sino que se le acercó, asió el caballo por sus riendas y miró directamente a los ojos del rey. Éste preguntó si ya estaba casada, a lo que ella respondió negativamente. Entonces, el rey desmontó de su montura, se recostó sobre la hierba y, apoyando su cabeza en el regazo de la joven, dejó que ella le consolara de su desventurada batalla.

Cuando se hubo repuesto, el rey permitió que la chica subiera a su montura detrás de él y la llevó de vuelta a casa de sus padres. Al atardecer, el rey envió una comitiva con gran pompa a casa de la doncella con el propósito de llevarla a palacio y convertirla en su esposa y reina principal.

A partir de entonces Mallikā, que por su belleza parecía una diosa, fue sumamente estimada por el rey. La noticia se extendió rápidamente por todo el reino: Mallikā había ascendido a la más elevada posición del estado por haber hecho un simple ofrecimiento al Bienaventurado -lo que indujo a sus súbditos a ser amables y generosos con sus compañeros-. Dondequiera que fuera la reina, la gente proclamaba gozosa: “Esa es la reina Mallikā, que dio limosna al Buddha”.

Poco después de convertirse en reina, Mallikā fue a ver al Iluminado para esclarecer algo que la tenía confundida: ¿Cómo es posible que una mujer sea hermosa, rica y poderosa; que otra sea hermosa, pero pobre y sin poder; que aún otra sea poco agraciada, rica y muy poderosa; y que, finalmente, otra sea fea, pobre y sin poder alguno? Tales diferencias pueden observarse constantemente en la vida diaria. Pero, mientras las personas comunes y corrientes se satisfacen con explicaciones tan vulgares como el destino, la herencia o la suerte, la Reina Mallikā quería indagar más profundamente, pues estaba convencida de que nada ocurría sin una causa.

EL Buddha le explicó con gran detalle que las cualidades y condiciones de vida de la gente, en general, reflejan la naturaleza moral de sus acciones en vidas previas. La belleza estaba causada por la paciencia y la docilidad; la prosperidad por la generosidad; el poder por el hecho de no envidiar nunca a los demás sino, más bien, regocijarse en su éxito. Cualquiera de estas tres virtudes se manifestará, en las personas que las haya cultivado, como su “destino”; generalmente suele ser una mezcla de las tres, pues son muy pocas las ocasiones en que una persona se ve favorablemente dotada de los tres atributos. Tras escuchar este discurso, Mallikā resolvió en su corazón ser siempre amable con sus súbditos y no regañarles; ofrecer limosnas a todos los monjes, a los brahmines y a los pobres; y nunca envidiar a nadie que fuera feliz. Finalizada la exposición del Buddha, Mallikā tomó refugio en la Triple Gema y, durante el resto de sus días, fue siempre una discípula leal. Después de convertirse ella misma en fiel devota laica del Buddha, Mallikā convirtió a su marido al Dhamma del Buddha.

Un día, cuando el rey se encontraba sobre el parapeto del palacio con la reina y contemplaba su tierra, le preguntó a la reina si existía alguien en el mundo a quien quisiera más que a sí misma. Él esperaba que ella dijera “tú”, pues se jactaba de haber sido quien la ascendiera a la fama y la fortuna. Pero ella fue sincera y, aunque le amaba, respondió que no conocía a nadie a quien quisiera más que a sí misma. Entonces la reina quiso saber qué respondería él a esa misma pregunta: ¿Amaba el rey a alguien –quizá a ella- más que a sí mismo? Pero el Rey Pasenadi tuvo que admitir del mismo modo que, también en su caso, el amor por sí mismo era el que predominaba.

Después el rey fue a ver al Buddha y le contó la conversación para conocer la opinión de un sabio. El Buddha corroboró sus declaraciones, pero extrajo de las mismas una lección sobre la compasión y la no violencia:

          Habiendo recorrido mentalmente todas las estancias,
          uno no encuentra a nadie al que ama más que a sí mismo.
          Puesto que los demás también se quieren a sí mismos más que a nadie,
          quien se ama a sí mismo no ha de dañar a los demás.

Un día compareció ante el Buddha un hombre profundamente afligido por la muerte de su hijo. No era capaz de comer ni de trabajar. Había caído en una seria depresión y se pasaba el día en el cementerio gritando: “¿Dónde estás hijo, mi único hijo? ¿Dónde estás?”. El Buddha le enseñó una lección difícil: “Los seres queridos aportan tristeza, lamento, dolor, pena y desesperación” –resultado que surge del apego-. Aunque su propia experiencia ratificaba las palabras del Buddha, el hombre se sintió ofendido por esta máxima y se marchó malhumorado. La conversación fue transmitida al rey, quien preguntó a su mujer si era realmente cierto que la tristeza podía ser consecuencia del amor. “Si el Despierto lo ha dicho, ¡Oh rey!, entonces es así”, respondió ella devotamente.

El rey objetó que Mallikā aceptara cualquier palabra del Buddha, como un discípulo de su gurú. Entonces ella envió un mensaje al Buddha para saber si su información era correcta y obtener más detalles sobre el acontecimiento. La respuesta del Buddha fue afirmativa y le dio además una explicación más completa. Pero Mallikā decidió no transmitir directamente al rey la respuesta del Buddha y utilizar, en su lugar, un método indirecto. Así pues, Mallikā preguntó a su marido si amaba a su hija, a su segunda esposa, al príncipe heredero, a ella misma y a su reino. Naturalmente, el rey asintió: estos cinco eran sus seres más queridos y los amaba profundamente. Pero si les sucediera algo, inquirió Mallikā, ¿acaso no sentirías tristeza, lamentación, dolor, pena y desesperación a causa de ese amor? Entones, el rey comprendió y vio cuán sabiamente penetraba el Buddha toda existencia: “Muy bien, Mallikā, puedes seguir venerando al Bienaventurado”. Y el rey se levantó, descubrió su hombro, se postró deferentemente en la dirección en la que residía el Bienaventurado y le saludó tres veces exclamando: “¡Homenaje al Bienaventurado, el Arahant, el Ser Completamente Iluminado!”.

Pero la vida de esta pareja no siempre permaneció libre de conflictos. Un día se disputaron a causa de un desacuerdo en cuanto a las obligaciones de una reina. Por alguna razón, el rey se había enfadado con su mujer y se negaba a mirarla, como si su esposa se hubiera disuelto en el aire. Al día siguiente, cuando el Buddha llegó al palacio para comer y preguntó por la reina, Pasenadi frunció el ceño y exclamó: “¿Qué pasa con la reina? La fama se la ha subido a la cabeza”. Inmediatamente el Despierto relató un incidente que aconteció a la pareja real en una vida anterior cuando ambos eran seres celestiales, una pareja de devas que se amaban inmensamente. Una noche, al desbordarse un río, los dos devas se vieron obligados a permanecer separados. Ambos lamentaron esa noche irrecuperable, que en sus mil años de existencia en ese reino jamás podría ser reemplazada. Y durante el resto de sus días nunca se separaron el uno del otro y siempre recordaron aquella separación como una advertencia, de forma que su felicidad perdurara hasta el fin de sus vidas.

Conmovido por el relato del Buddha, el rey Pasenadi se reconcilió con su esposa. Mallikā dedicó los versos siguientes al Bienaventurado:

          He escuchado con alegría tus diversas palabras,
          que has pronunciado para nuestro bienestar.
          Con tu charla has disipado mi pena.
          ¡Larga vida a mi asceta, portador de júbilo!

En una oportunidad en que el Rey Pasenadi estaba escuchando una charla del Dhamma impartida por el Buddha, le llegó la noticia de la muerte de Mallikā. La noticia le conmovió tan profundamente, que su pesar no podía ser siquiera mitigado por las palabras del Buddha, quien le recordaba que no había nada en el mundo que pudiera escapar al deterioro y la muerte.

Su apego –“del amor surge la tristeza”- era tan fuerte que cada día iba a ver al Buddha para conocer el destino de su esposa. Si tenía que seguir en la tierra sin ella, al menos quería saber de su renacimiento. Pero el Buddha le distrajo durante siete días mediante fascinantes y conmovedores discursos del Dhamma, de forma que sólo se acordaba de su pregunta cuando se encontraba de nuevo en su casa. Sólo el séptimo día respondió el Buddha a su pregunta, afirmando que Mallikā había renacido en el paraíso de Tushita “el paraíso de los devas gozosos”. Con el fin de no incrementar el pesar del rey, el Buddha no mencionó los siete días que su esposa había vivido en el infierno a causa de una acción en su presente vida que la había llevado al peor de los renacimientos. Aunque fue una estancia muy corta la que pasó allí, se puede comprender que Mallikā no alcanzó el estado del que accede a la corriente durante su vida en la tierra, ya que el que accede a la corriente no puede renacer en un estado inferior al nivel humano. No obstante, esta experiencia de sufrimiento infernal, junto con el conocimiento del Dhamma y sus grandes méritos, debió acelerar en Mallikā la maduración del logro del acceso a la corriente.

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