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Grandes Discípulas del Buddha: Nandā


By maggacitta - Posted on 25 September 2011

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Nandā: La hermanastra del Buddha

Cuando nació Nandā fue amorosamente recibida por sus padres, el padre del Buddha y su segunda esposa, Mahāpajārati Gotami. Nandā significa alegría, satisfacción, placer, y era un nombre que elegían los padres cuando se sentían especialmente felices por la llegada de un bebé. Nandā era extremadamente educada y estaba dotada de gracia y belleza. Más tarde, con el fin de diferenciarla de otros con el mismo nombre, se la llamó Rūpa-Nandā o, a veces, Sundarī-Nandā, ambos significan “hermosa Nandā”.

Tiempo después, una gran parte de los miembros de su familia –la casa real de los Sakyas- abandonó el hogar para abrazar la vida errante. Entre ellos se encontraba su hermano Nanda, sus primos y, finalmente, su madre junto con muchas otras damas del mismo clan. Tal decisión estaba impulsada por el asombroso hecho de que uno de los miembros de su clan se hubiera convertido en el Buddha completamente Iluminado. Nandā optó, entonces, por seguir sus pasos, pero no lo hizo porque tuviera fe en el Maestro, sino por satisfacer los deseos de sus familiares y por amor hacia ellos.

No es difícil imaginar el amor y el respeto que se acordaba a la graciosa hermanastra del Buddha y lo conmovida que se sentía la gente al ver a la adorada hija del rey, tan próxima al Bienaventurado en cuanto a lazos familiares, vagando con ellos y portando el atuendo de una monja. Pero pronto se hizo evidente que no era ésta una base apropiada para la vida de monja. Los pensamientos de Nandā estaban principalmente dirigidos hacia su belleza y su popularidad con la gente, rasgos estos que eran resultado de un buen kamma previo. Ahora tales frutos se convertían para ella en un peligro ya que había olvidado fortalecerlos con sinceros esfuerzos y auto-purificación. Sentía que no estaba viviendo a la altura de los elevados ideales que la gente imaginaba para ella y que se hallaba lejos de la meta por la que tantos hombres y mujeres de noble cuna habían renunciado a la vida de familia y abrazado una vida sin hogar. Convencida de que el Bienaventurado la censuraría, durante mucho tiempo, en lugar de corregir sus malos hábitos, hacía todo lo que podía por evitarle.

Un día, el Buddha solicitó que todas las monjas vinieran a verle, una por una, para recibir instrucciones. Nandā, no obstante, no obedeció. El Maestro tuvo que hacerla llamar especialmente y fue entonces cuando ella acudió ante su presencia, mostrando, por su porte, cierta vergüenza e inquietud. El Buddha le habló apelando a todas las cualidades positivas de Nandā con el fin de que ella le escuchara voluntariamente y se deleitara en sus palabras. Aunque el Bienaventurado era consciente de que su inspiradora conversación la hacía sentirse feliz y dispuesta a aceptar sus enseñanzas, no le explicó inmediatamente las Cuatro Nobles Verdades, como solía hacer en ocasiones similares. Sabía que ella todavía no estaba suficientemente preparada para penetrar las Cuatro Nobles Verdades y, por consiguiente, recurrió a una oportuna estratagema para acelerar la maduración de su media hermana.

Puesto que Nandā estaba tan cautivada por su propia belleza física, el Buddha empleó sus poderes psíquicos para crear la imagen de una mujer todavía más hermosa que ella, que después envejecía de un modo visible e implacable ante los asombros ojos de Nandā. De esta forma ella pudo ver, comprimido en unos instantes, lo que de otro modo sólo se puede advertir con el paso de las décadas y lo que a menudo no se llega a comprender realmente debido a la proximidad y el hábito: el desvanecimiento de la juventud y de la belleza, los estragos del deterioro físico y la proximidad de la muerte. Tal visión afectó profundamente a Nandā, quien se sintió sacudida hasta el mismo centro de su ser.

Después de proporcionarle esta lección gráfica sobre la transitoriedad, el Buddha pudo explicarle el Dhamma de tal modo que Nandā penetró completamente las Cuatro Nobles Verdades y alcanzó, en consecuencia, el conocimiento de la liberación futura –el acceso a la corriente-. Como tema de meditación el Buddha le asignó la contemplación de la transitoriedad y de la impureza del cuerpo. Ella perseveró durante largo tiempo en esta práctica, “día y noche, inquebrantablemente”, como se exhorta a sí misma en estos versos:

Nandā, contempla tu cuerpo,
enfermizo, impuro y descompuesto.
Desarrolla la meditación de la impureza,
haz que tu mente se unifique, que permanezca serena:

“Tal como es esto, era aquello,
tal como es aquello, será esto,
putrefacto, rezumando un olor repelente,
algo en el que sólo los necios hallan deleite”.

Inspeccionándolo tal cual es,
inquebrantablemente, noche y día,
penetré hasta el fondo con mi propia sabiduría
y luego lo vi por mí misma.

Mientras permanecía siempre atenta,
diseccionando este cuerpo con pensamiento metódico,
vi realmente cómo era,
tanto por dentro como por fuera.

Entonces se esfumó la ilusión de mi cuerpo
y se desvaneció mi apego interno.
Siendo diligente y en verdad desapegada,
vivo en paz, completamente aplacada.

Puesto que Nandā estaba tan apegada a su belleza física, necesitaba aplicarse en la austera meditación sobre el aspecto repulsivo del cuerpo como contramedida antes de poder alcanzar la ecuanimidad –el equilibrio entre opuestos-. Una vez eliminado su apego al cuerpo, Nandā percibió la verdadera hermosura de la Inmortalidad y, a partir de entonces, nada pudo perturbar la serena paz de su corazón. Disfrutando de esta felicidad pura, nunca más necesitó de otros deleites inferiores y alcanzó rápidamente la paz indestructible.

Aunque había emprendido la vida errante por apego a sus familiares, Nandā alcanzó la liberación completa y se convirtió en una verdadera heredera espiritual del Maestro que tanto veneraba.

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