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Grandes Discípulas del Buddha: Patācārā


By maggacitta - Posted on 08 October 2011

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Patācārā: preservadora del Vinaya

Patācārā era la hermosa hija de un rico comerciante de Sāvatthī. Al cumplir dieciséis años sus padres la habían confinado en el séptimo y último piso de su mansión y rodeado de guardias para impedir que se relacionara con jóvenes varones. A pesar de tal precaución, Patācārā se enamoró de un sirviente de la casa.

Cuando los padres decidieron casarla con un joven de su misma clase social, Patācārā se fugó de su casa disfrazada de sirvienta y partió a la ciudad en busca de su amante. Después, la joven pareja se fue a vivir a un pueblo lejos de Sāvatthī. Allí el marido se ganaba la vida cultivando un pequeño terreno y la mujer tenía que ocuparse de todos los quehaceres domésticos que, en casa de sus padres, llevaban a cabo los criados. De este modo cosechó Patācārā los resultados de su acto.

Al quedar embarazada, Patācārā pidió a su marido que la llevara de vuelta a casa de sus padres para dar a luz, pues, como bien dijo ella, un padre y una madre siempre sienten debilidad por sus hijos y pueden perdonar cualquier acción errónea. Pero su marido rehusó, pues temía que los padres de su mujer le hicieran arrestar o incluso condenar a muerte. Cuando ella comprendió que su marido no cedería a sus ruegos, decidió partir en solitario. Así pues, un día, mientras su marido trabajaba en el campo, se escabulló por la puerta y echó a andar camino abajo hacia Sāvatthī. Cuando el marido se enteró por sus vecinos de lo que había ocurrido, corrió tras ella y la alcanzó. El hombre trató de persuadirla para que volviera, pero ella no le escuchaba e insistía en continuar su camino. No obstante, antes de que pudieran llegar a Sāvatthī, Patācārā se puso de parto y poco después dio a luz a un niño. Puesto que la madre ya no tenía razón alguna para ir a casa de sus padres, ambos regresaron a su pueblo con el recién nacido.

Un tiempo después Patācārā quedó embarazada por segunda vez y de nuevo pidió a su marido que la llevara a casa de sus padres y por segunda vez su marido se negó. Entonces, ella tomó el asunto en sus manos y se puso en camino, llevándose a su hijo. Cuando su marido la siguió rogándole que regresara, ella se negó a escucharle. Habían recorrido ya la mitad del camino hacia Sāvatthī cuando estalló una terrible e inesperada tormenta, con truenos, relámpagos y una lluvia torrencial. Justo en ese momento empezaron los dolores de parto.

Ella pidió a su marido que buscara un refugio y éste fue en busca de material para construir un cobertizo. Mientras estaba cortando unos cuantos árboles jóvenes, una serpiente venenosa salió y le mordió, el joven cayó muerto al suelo fulminado. Patācārā esperaba impacientemente su regreso, pero fue en vano. Entonces dio a luz a un segundo hijo. Durante toda la noche ambos niños, aterrorizados por el abofeteo de la tormenta, lloraban a pleno pulmón, pero la única protección que su madre podía ofrecerles era su propio cuerpo, flaco y ojeroso a causa de las tribulaciones.

Por la mañana, la madre, con sus dos hijos a cuesta, tomó el camino por el que el marido había partido. Pero al tomar la curva del camino se encontró con el cadáver de su marido, tan rígido como un madero. Ella siguió su camino llorando, lamentándose y culpándose de su muerte.

Más tarde llegaron al río Aciravatī. El río había subido a causa de la lluvia y el agua, con una violenta corriente que le llegaba hasta la cintura. Sintiéndose demasiado débil para cruzar el río con los dos niños, Patācārā dejó al mayor en la orilla y cruzó a la otra ribera con el bebé en brazos. Después regresó para coger a su primer hijo y cruzar con él. Cuando estaba en medio de la corriente, un halcón en busca de presa vio al recién nacido y el halcón descendió en picada, tomó al bebé y salió volando con el niño entre sus garras mientras Patācārā, impotente, presenciaba la escena sin poder hacer más que gritar. Su otro hijo, al ver a su madre detenida en medio de la corriente y gritando, pensó que le estaba llamando y empezó a andar hacia ella, pero tan pronto pisó el agua del río, se lo llevó la turbulenta corriente.

Gimiendo y lamentándose, ella prosiguió su camino medio enloquecida por la triple tragedia que acababa de vivir: la pérdida de su marido y de sus dos hijos en un solo día.

Pero todavía le esperaba otra desgracia. Cuando se aproximaba a Sāvatthī, se cruzó con un viajero que salía de la ciudad y le pidió noticias de su familia, el hombre respondió: "Ayer noche, durante la terrible tormenta, su casa se derrumbó causando la muerte de la pareja de ancianos y de su hijo. Los tres han sido incinerados hace un rato". El hombre le señaló el lugar en la distancia desde donde se veía el humo de la pira funeraria.

Cuando vio el humo Patācārā enloqueció, rasgó su vestido y se puso a correr desnuda, llorando y gimiendo. "¡Mis hijos han muerto, el cadáver de mi marido yace en el camino, mi madre, mi padre y hermano arden en la pira funeraria!" La gente que la veía pasar la trataba como una loca necia, le lanzaban basura y la apedreaban con terrones de arcilla, pero ella siguió corriendo hasta llegar a las afuera de Sāvatthī.

El Buddha, que por aquel entonces residía en el Monasterio de Jetavana junto con un grupo de discípulos, vio a Patācārā a la entrada del monasterio. Instantáneamente supo que esa mujer estaba preparada para escuchar su mensaje de liberación. Los discípulos laicos gritaban: "¡No dejen entrar a esa loca!". Pero el Maestro dijo: "No le cierren el paso, dejen que se acerque a mí". Cuando la mujer llegó ante el Buddha, éste le dijo: "Hermana, ¡recobra la razón!". Instantáneamente ella recuperó su claridad mental. Un hombre le lanzó bondadosamente su capa para cubrir su cuerpo, ella se la puso y, acercándose al Iluminado, se postró a sus pies y le contó su trágica historia.

El Maestro la escuchó pacientemente con profunda compasión y a continuación le dijo: "Patācārā, no te preocupes más. Has llegado ante ese que es capaz de ser tu amparo y refugio. No es ésta la única vez en que te has encontrado con calamidades y desastres. Desde el cielo sin principio de la existencia, has llorado por la pérdida de tus hijos y de otros seres queridos, derramando más lágrimas que las aguas contenidas en los cuatros océanos”. Según iba hablando el Buddha sobre los peligros del samsara, el llanto de la mujer se apaciguaba. El Buddha, entonces, concluyó sus instrucciones con los siguientes versos:

Los cuatro océanos contienen poco agua
comparados con todas las lágrimas que hemos derramado,
enloquecidos por la pena, aturdidos por el dolor.
¿Por qué, ¡Oh mujer!, sigues sin prestar atención?

No hay hijos, ni padres,
ni familiares que ofrezcan protección.
Para quien está asido por el Exterminador
los parientes no proporcionan refugio.

Habiendo comprendido esta realidad,
el sabio, bien contenido por las virtudes,
comprenderá rápidamente
el camino que conduce al Nibbāna.

Esta exposición del Iluminado penetró profundamente en la mente de Patācārā, permitiéndole comprender a la perfección la transitoriedad de todos los fenómenos condicionados y la universalidad del sufrimiento. Cuando el Buddha hubo terminado su discurso, ya no era una mujer desquiciada y afligida la que se hallaba sentada a sus pies, sino una que había entrado en la corriente, una conocedora del Dhamma, una que tenía asegurada la liberación final. Inmediatamente después, ella solicitó los votos de novicia y la ordenación superior, y el Buddha la envió con las monjas.

Durante su carrera como monja, Patācārā obtuvo la distinción de ser designada por el Buddha como la primera entre las monjas expertas en el Vinaya. Era, pues, la homóloga del Venerable Upāli, el primer especialista del Vinaya entre los monjes. Es quizá natural que Patācārā estuviera particularmente interesada en la disciplina, ya que en sus años jóvenes había experimentado agudamente el amargo fruto del comportamiento temerario. En la orden de las monjas había aprendido cuán indispensable es el adiestramiento intensivo en la disciplina para el logro de la paz y de la serenidad.

La súbita transformación de Patācārā se debía a que ya había desarrollado las facultades requeridas en renacimientos anteriores. Se dice que había sido monja muchas veces bajo Buddhas previos. Los logros que había ganado de ese modo estaban ocultos detrás de sus acciones en vidas subsiguientes, esperando las condiciones adecuadas para madurar. Cuando su Maestro, el Buddha Gotama, apareció en el mundo, ella supo dirigirse rápidamente hacia él, espoleada por el sufrimiento y por la urgencia inconsciente de encontrar un camino que la liberara del círculo sin principio de los renacimientos. Atraída por el Despierto y su Dhamma emancipador, Patācārā abrazó la vida sin hogar y alcanzó la libertad no condicionada.