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Grandes Discípulas del Buddha: Sirimā y Uttarā


By maggacitta - Posted on 22 October 2011

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Sirimā y Uttarā

La historia de Sirimā comienza con una mujer llamada Uttarā, hija de Punna, un potentado comerciante de Rajāgaha. Padre e hija eran seguidores del Buddha. Un rico mercader llamado Sumana deseaba casar a su hijo con Uttarā. Pero en vista de que ellos no eran seguidores del Buddha, Punna respondió: “Tú y tu familia siguen creencias erróneas y mi hija no puede vivir sin las Tres Joyas”. Pero finalmente, movido por los ruegos de otras personas allegadas, Punna entregó a su hija en matrimonio.

Desde que se trasladó a la casa de su marido, Uttarā ya no tuvo oportunidad de reunirse con los monjes y mucho menos de darles limosnas y escuchar el Dhamma. Después de soportar esta situación durante dos meses y medio, envió a sus padres el siguiente mensaje: “¿Por qué me habéis arrojado a esta prisión? Mejor ser vendida como esclava que verme casada con una familia de infieles. Desde que entré a esta casa en la que vivo, no se me ha permitido realizar ni una sola acción meritoria”.

Al recibir el mensaje, Punna se sintió completamente trastornado y, movido por su deseo compasivo de ayudar a su hija, pensó en el siguiente ardid: envió a Uttarā quince mil monedas de oro junto con el siguiente mensaje: “Sirimā, la cortesana de nuestra ciudad, pide mil monedas de oro por una noche de placer. Ofrécele a Sirimā la suma de dinero que te adjunto como pago por entretener a tu marido por quince días. Mientras tanto, tu podrás aprovechar para llevar a cabo las acciones meritorias que desees”. Uttarā siguió el consejo de su padre e introdujo a Sirimā en la casa. Cuando el marido vio la belleza de la cortesana aceptó de buena gana que Sirimā tomara el lugar de su esposa por quince días y que, mientras tanto, Uttarā permanecería libre para hacer ofrendas y escuchar la Enseñanza tanto como quisiera.

Durante este período de dos semanas, Uttarā pidió al Buddha y a sus monjes que vinieran cada día a comer a su casa, lo que le permitiría escuchar muchas enseñanzas. Uttarā estuvo constantemente ocupada en la cocina efectuando los preparativos. Viéndola correr de aquí para allá, atareada y cubierta de sudor, su marido no pudo evitar reírse de lo que él consideraba una completa sandez y pensó: “Esta necia tonta no sabe cómo disfrutar de su riqueza y bienestar. Prefiere trabajar ciegamente, sintiéndose feliz de servir a ese asceta de cabeza rasurada”. El marido sonrió y se marchó.

Cuando Sirimā, la cortesana, le vio sonreír cerca de Uttarā, los celos se apoderaron instantáneamente de ella y, deseosa de dañar a Uttarā, entró en la cocina, cogió un cucharon lleno de aceite hirviendo con la intención de lanzárselo a la cara. Uttarā, al ver acercarse a Sirimā, pensó: “Mi amiga me ha hecho un gran favor, pues gracias a su ayuda he podido hacer ofrendas y escuchar la enseñanza. Si ahora hay en mí algo de enfado, el aceite me quemará, pero si estoy libre del enfado no me quemará”. Y bañó a Sirimā en su amor benevolente. Cuando la cortesana vertió el aceite sobre su cabeza, éste se deslizó sin causarle ningún daño, como si fuera agua fresca. Luego las sirvientas de Uttarā intervinieron, la sujetaron con fuerza, la tiraron al suelo y la golpearon con manos y pies.

Uttarā logró interponerse entre Sirimā y las sirvientas, luego le preguntó: “¿Por qué has hecho este acto innoble?” Después la limpió con agua tibia y la perfumó con el perfume más exquisito. Cuando Sirimā recobró el juicio, recordó que no era más que una invitada en la casa y pensó: “En verdad mi acto ha sido despreciable, he vertido aceite sobre ella sólo porque su marido le ha sonreído. No sólo ha soportado mi afrenta sin enfadarse, sino que además me ha protegido cuando sus sirvientas me han atacado. Que mi cabeza se parta en siete pedazos si no imploro ahora mismo su perdón”. Sirimā se echó a los pies de Uttarā rogándole que la perdonara. Uttarā respondió: “Si mi Maestro, el Ser completamente Iluminado te perdona, yo también”. “No le conozco, ¿qué he de hacer?” “El Maestro vendrá mañana acompañado por sus monjes. Ven tú también portando una ofrenda y pídele perdón”.

Sirimā aceptó de buena gana y, al regresar a su casa, ordenó a sus sirvientas que prepararan toda clase de alimentos y que los llevaran al día siguiente a casa de Uttarā. Cuando los invitados terminaron de comer, Sirimā se arrodilló a los pies del Buddha y suplicó su perdón. “¿Por qué razón?” preguntó el Bienaventurado. La cortesana relató entonces todo el incidente. Luego le preguntó a Uttarā cuáles habían sido sus pensamientos al ver a Sirimā con el aceite hirviendo. “La bañé con mi amor benevolente”, dijo Uttarā. “¡Excelente, Uttarā, Excelente! dijo el Bienaventurado. Luego añadió el siguiente verso:

Vence el odio con el no odio,
derrota la maldad con la bondad,
conquista al avaro con un presente,
y a un mentiroso con la verdad.

Entonces, el Maestro expuso el Dhamma ante los presentes y al final de la instrucción, Uttarā había alcanzado el fruto del que regresa una vez, y su marido junto a sus suegros, que eran escépticos, alcanzaron el fruto de acceso a la corriente. Sirimā también había logrado el fruto del acceso a la corriente y, rehusando a seguir siendo una cortesana, decidió dedicarse a atender las necesidades de la Orden de monjes.

En una oportunidad en que un grupo de monjes habían ido a casa de Sirimā a comer, aconteció que una pasión reprimida durante muchos años brotó de un monje cuando vio a Sirimā, enamorándose con tanta fuerza que no pudo probar bocado. El enamorado monje volvió al monasterio y se metió en la cama sin comer.

Pero Sirimā cayó enferma ese mismo día y, tras despojarse de todas sus galas, se acostó en su lecho y falleció en horas de la tarde. Luego, el Rey Bimbisāra envió un mensaje al Buddha con la noticia. El Buddha envió al rey un mensaje sugiriéndole que no incineraran inmediatamente el cuerpo de Sirimā sino que lo colocara en un lugar visible del cementerio. Tres días después, el cuerpo de Sirimā estaba putrefacto e infestado de gusanos. El Rey Bimbisāra decretó que todos los habitantes adultos de Rajāgaha debían pasar, uno detrás de otro, por delante del cuerpo de Sirimā para verla en su condición actual. El rey, al mismo tiempo, envió otro mensaje al Buddha invitándole a que acudiera al cementerio con sus monjes, entre ellos se encontraba el monje que sufría mal de amores y que no había probado bocado durante cuatro días.

Una gran multitud se había congregado en el cementerio. Entonces, el Buddha preguntó al Rey Bimbisāra: “¿Quién es, gran rey?”. “Sirimā, señor”. “¿Esto es Sirimā?”. “Si, señor”. “Entonces, que se proclame con el redoble de tambores que quienquiera que desee pagar la suma de mil monedas de oro podrá tener a Sirimā”.

Pero ningún hombre deseaba a Sirimā ahora, ni siquiera por un precio inferior, ni siquiera por un penique, ni aún regalada.

Entonces, el Buddha dijo: “Aquí, monjes, tenéis a una mujer que era amada por el mundo. No hace mucho tiempo, en esta misma ciudad, los hombres pagaban gustosos mil monedas de oro con el fin de disfrutar de ella por una sola noche. Ahora nadie la quiere, ni siquiera a cambio de nada. Sólo los necios adjuntan imaginaciones e ilusiones a algo tan evanescente”. Y concluyó con este verso:

Mirad esta bolsa de piel, toda adornada,
es sólo una masa de heridas,
enferma, un objeto de los deseos,
nada tiene de estable o perdurable.

Cuando el Buddha había concluido su discurso, una enseñanza con una lección empírica, el monje enamorado se liberó de su pasión. Concentrándose en la contemplación del cuerpo, cultivó la visión y alcanzó el estado de Arahant.

Sirimā había renacido como una devata y al dirigir su mirada al mundo inferior de los humanos vio al Buddha con sus monjes y a la asamblea de gente alrededor de su cadáver. En un resplandor de gloria, descendió del paraíso y saludó al Bienaventurado. El Venerable Vangīsa, el poeta principal del Sangha, le preguntó de dónde venía y Sirimā le respondió:

En esa excelente ciudad, bellamente construida entre las colinas,
era yo una sirvienta del eminente y espléndido rey.
Estaba perfectamente adiestrada en el baile y el canto
y en Rajāgaha me conocían como Sirimā.

El Buddha, el Señor de los dotados de visión, el guía,
me enseñó el origen del sufrimiento, la transitoriedad,
la cesación eterna y no condicionada del sufrimiento,
y este camino liberador, directo y propicio.

Por respeto al espléndido Rey del Dhamma,
he venido a rendir culto al Supremo
y a los inspiradores monjes que se deleitan en lo bueno,
he venido a reverenciar a la auspiciosa asamblea de ascetas.

Me sentí feliz e inspirada cuando vi al Sabio,
el Tathāgata, el mejor auriga de los hombres domables.
Rindo culto al sumamente compasivo,
el que corta con el ansia, el guía que se deleita en la bondad.