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Grandes Discípulas del Buddha: Soṇā


By maggacitta - Posted on 18 September 2011

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Soṇā con muchos hijos

Vivía en Sāvatthī una madre de familia que tenía diez hijos. Ella siempre estaba ocupada con ellos: pariéndolos, cuidándolos, criándolos, educándolos y concertando sus matrimonios. Toda su vida se centraba en sus hijos, de allí que se le conocía como “Soṇā con muchos hijos”.

El marido de Soṇā era un discípulo laico del Buddha. Durante varios años había observado escrupulosamente los preceptos como padre de familia y ahora había decidido entregarse plenamente a la vida santa, lo que implica tomar los votos de un monje. No fue fácil para Soṇā aceptar tal decisión pero, en lugar de perder el tiempo con lamentaciones y pesares, optó por vivir también una vida más devota. Ella reunió a sus diez hijos y les confió su considerable riqueza pidiéndoles, a cambio, que se responsabilizaran de satisfacer únicamente las necesidades básicas de su madre.  

Con este arreglo, todo funcionó bien durante un tiempo: ella tenía suficiente apoyo y podía dedicar sus días a las actividades religiosas. Pero poco después, la anciana mujer se convirtió en una carga para sus hijos y para las esposas de éstos. Ellos nunca habían aceptado realmente la decisión de su padre de entrar en la Orden y aún simpatizaban menos con la devoción religiosa de su madre. En realidad, pensaban que sus padres eran unos necios por haber renunciado a los placeres que su riqueza bien podía comprar. Para ellos, sus progenitores eran religiosos fanáticos mentalmente desequilibrados y, por lo tanto, su actitud respetuosa hacia la madre se transformó  rápidamente en desprecio.

Ya no pensaban sus hijos en lo mucho que debían a su madre por toda la riqueza que les había cedido y por los muchos años de cuidado y atención con los que ella les había obsequiado. Pensando sólo en sus propios intereses, consideraron que la anciana era una molestia y una carga. Las palabras del Buddha -que una persona agradecida es tan difícil de encontrar en este mundo como un santo- demostraron ser cierta una vez más en este caso.

El trato desdeñoso de sus hijos fue para Soṇā todavía más doloroso que la separación de su marido. Se dio cuenta de que le invadían oleadas de amargura, que en su mente se entreveraban las acusaciones y los reproches hacia sus hijos. Advirtió que lo que ella había considerado como un amor desinteresado, como un amor puro de madre, era en realidad amor por sí misma unido a las expectativas de ser recompensada. Había estado confiando plenamente en sus hijos, convencida de que ellos la mantendrían en su vejez como tributo por sus largos años de servicio hacia ellos; había asumido que la gratitud, el aprecio y la participación en los asuntos de sus hijos sería su recompensa. ¿Acaso había considerado a sus hijos como una inversión, como un seguro contra el miedo a la soledad y a la vejez?

Sus reflexiones la llevaron a la decisión de entrar a la Orden de las monjas con el fin de desarrollar las cualidades del amor desinteresado y la virtud. ¿Por qué debería ella permanecer en casa en donde sólo la aceptaban de mala gana? Consideró que la vida de familia era gris y opresiva, y se imaginó que la vida de monja sería brillante y hermosa. Así pues, siguiendo el camino de su marido, abrazó la vida sin hogar y se hizo monja en el Sangha de monjas del Bienaventurado. 

Pero Soṇā no tardó en darse cuenta que lo único que había hecho era llevarse su amor propio a su nueva vida. Había entrado en el Sangha siendo casi una anciana y sus múltiples hábitos y peculiaridades no eran más que obstáculos en ese nuevo entorno. Estaba acostumbrada a hacer las cosas de un modo determinado, mientras que las otras monjas las hacían de manera diferente, así que las monjas más jóvenes la convirtieron en el centro de todas sus críticas y correcciones.

Soṇā no tardó en descubrir que alcanzar logros nobles no era tan sencillo y que la Orden de las monjas no era el paraíso que ella había imaginado. No había hallado seguridad en sus hijos, pero su ordenación tampoco le aportaba una paz interior inmediata. Comprendió asimismo que estaba todavía firmemente atrapada por sus limitaciones femeninas; que no bastaba con aborrecer sus debilidades y desear tener más rasgos masculinos, sino que tenía que saber, además, qué hacer para provocar el cambio. Aceptó el hecho de que tenía que esforzarse mucho, no sólo porque era una mujer ya entrada en años, sino también porque, hasta entonces, sólo había cultivado virtudes femeninas. Las características masculinas que le faltaban eran energía y circunspección. Soṇā no se desanimó ni consideró que el camino fuera imposible de recorrer.

Comprendió claramente que tendría que luchar mucho para desprenderse de su testarudez y credulidad. Se dio cuenta de que necesitaba practicar la atención y la auto-observación e implantar en su memoria las enseñanzas para poder tenerlas a su disposición cuando las necesitara para contrarrestar sus emociones. ¿De qué le serviría todo su conocimiento y sus votos si la arrastraban sus emociones y le fallaba su memoria cuando más la necesitaba? Estos eran los pensamientos que atravesaban su mente, fortaleciendo su determinación de someter completamente su obstinación.

Debido a su avanzada edad al entrar en la Orden, Soṇā se aplicaba en la práctica con un convincente sentimiento de urgencia. Pasaba incluso noches enteras en meditación sentada o caminando y dormía estrictamente lo mínimo. Para no llamar la atención, practicaba la meditación caminando durante la noche, en la oscuridad de la sala. Guiaba sus pasos cogiéndose de los pilares, asegurándose así de no tropezar con objetos que no pudiera ver. De este modo su energía ganó ímpetu rápidamente y al poco tiempo alcanzó el estado de Arahant.

En el Therīgāthā Soṇā describe su vida en cinco estrofas:

Porté diez hijos en este cuerpo,

en este armazón físico mío,

luego, siendo ya anciana y frágil,

fui a ver a una monja.

 

Ella impartió para mí un discurso del Dhamma

acerca de los agregados, las bases sensoriales y los elementos.

Habiendo oído de ella la Enseñanza,

me corté la cabellera y después me hice novicia.

 

Estando todavía de prueba

purifiqué el ojo divino;

ahora conozco mis moradas previas donde antes yo había vivido.

 

Con mente unidireccional, bien serena,

desarrollé el estado sin signo.

Inmediatamente fui liberada,

saciada con la cesación del aferramiento.

 

Los cinco agregados han sido bien entendidos

y permanecen cortados de raíz.

Me avergüenzo de ti ¡Oh miserable vejez!

Ahora ya no habrá más devenir.