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Grandes Discípulas del Buddha: Visākhā


By maggacitta - Posted on 10 August 2011

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Visākhā

La Principal Benefactora del Buddha


En la ciudad de Bhaddiya, en el país de Anga, que pertenecía al Reino de Magadha, vivía un hombre opulento de nombre Mendaka. En una vida previa, durante un tiempo de carestía, había ofrecido a un paccekabuddha, un ser que se ilumina en solitario, las últimas provisiones que a él y a su familia le restaban. Por este sacrificio, esta conquista personal, disfrutaba en la vida presente de un mérito sobrenatural: en su casa nunca se agotaban las provisiones, por mucho que se consumiera o se ofreciera a los demás, y sus campos producían sin interrupción ricas cosechas.

Su mujer, su hijo, su nuera y su esclavo habían compartido con él esa misma acción previa de abnegación en la vida precedente y, como resultado, todos ellos poseían poderes milagrosos en su vida actual. El hijo de Mendaka, Dhanañjaya, y la mujer de éste, Sumanadevi, tenían una niña llamada Visākhā, que era también depositaria de los méritos acumulados previamente. En una vida anterior, cien mil eones atrás, había generado, a los pies del Buddha Padumuttara, la aspiración de convertirse en la benefactora principal de un Buddha y de su Sangha. Para alcanzar dicha meta había realizado acciones virtuosas bajo muchos Buddhas anteriores, acumulando las perfecciones espirituales requeridas de un gran discípulo. Ahora, ese mérito había madurado y estaba a punto de dar fruto.

Un día, cuando Visākhā contaba con siete años de edad, el Buddha arribó a la ciudad de Bhaddiya. Cuando Mendaka supo de la venida del Bienaventurado, hizo llamar a su nieta y le dijo: "Querida niña, éste es un día feliz para nosotros, pues el Maestro ha llegado a nuestra ciudad. Reúne a todas tus sirvientas y ve a su encuentro".

Visākhā hizo como se le había dicho. Se acercó al Bienaventurado, le rindió homenaje y se puso a un lado. El Buddha, entonces, le enseñó el Dhamma a ella y a su comitiva y, al final del discurso, todas ellas fueron establecidas en el fruto de acceso a la corriente. Mendaka también escuchó el Dhamma junto con su mujer, su hijo, su nuera y su esclavo y todos ellos alcanzaron el estado de acceso a la corriente.

Así creció Visākhā, en el seno de una familia que veneraba profundamente al Bienaventurado y que invitaba frecuentemente a los monjes para hacerles donaciones y recibir de ellos la enseñanza del noble Dhamma.

Al tiempo, Visākhā contrajo matrimonio con Punnavaddhana, el hijo de un rico propietario llamado Migāra, quienes vivían en la ciudad de Sāvatthī, la capital de Kosala. El día que Visākhā llegó a Sāvatthī, la ciudad de su marido, fue colmada de diversos presentes que habían enviado personas de todos los rangos, de acuerdo con su posición y capacidad. Pero ella era tan complaciente y generosa que los distribuyó entre los propios donadores con un amable mensaje y trató a todos los habitantes de la ciudad como si fueran sus propios familiares. Con este noble gesto, Visākhā se ganó el afecto de toda la gente de la urbe en el mismo día en que entró a la casa de su marido.

Poco después de la boda, su suegro, Migāra, quien era un adepto incondicional de una orden de ascetas desnudos y quien nunca invitaba al Buddha a su casa para ofrecerle comida a pesar de que el Maestro residía a menudo en un monasterio cercano, convidó a una vasta compañía de estos ascetas desnudos a su casa, a quienes trataba con profundo respeto y obsequiaba con deliciosos manjares. A su llegada, Migāra dijo a su nuera: "Ven, querida, y rinde homenaje a los arahants". Visākhā se llenó de júbilo cuando oyó la palabra "arahants" y corrió hacia la sala esperando encontrarse con un grupo de monjes buddhistas. Pero solo vio ascetas desnudos carentes de toda modestia, un espectáculo insoportable para una mujer de gustos refinados. Ella se lo reprochó a su suegro y se retiró a sus alojamientos sin atender a los invitados. Los ascetas desnudos se ofendieron y reprendieron a Migāra por haber acogido bajo su techo a una devota del asceta Gotama. Le aconsejaron que la expulsara inmediatamente de su casa, pero Migāra, no sin gran esfuerzo, consiguió apaciguarles.

Un día, mientras Migāra comía en un recipiente de oro, un monje buddhista llamó a la casa para pedir limosna. Visākhā, que estaba abanicando a su suegro, se echó a un lado para que éste pudiera ver al monje y le ofreciera comida; pero Migāra pretendió no verlo y siguió comiendo. Entonces Visākhā dijo al monje: "Prosigue tu camino, venerable señor. Mi suegro está comiendo alimentos rancios". Migāra se puso tan furioso con el comentario de su nuera que quiso echarla de la casa, pero los sirvientes -que ella misma había traído consigo- se negaron a obedecer tales órdenes.

Después de este altercado, Visākhā comunicó a la familia de su marido su intención de regresar a casa de sus padres. Migāra le pidió perdón y Visākhā accedió a quedarse con la condición de que se le permitiera invitar a la casa al Buddha y a la orden de monjes. Migāra consintió de mala gana y, siguiendo el consejo de los ascetas desnudos, anunció que él no atendería personalmente a los monjes. Para ser cortés, apareció justo después de la comida y después se escondió detrás de una cortina para escuchar el sermón del Buddha. Las palabras del Bienaventurado le conmovieron tan profundamente que, mientras estaba allí sentado, fuera de la vista de todos, comprendió la verdad última sobre la naturaleza de la existencia y alcanzó el estado de acceso a la corriente. Colmado de arrolladora gratitud, Migāra dijo a Visākhā que a partir de entonces la respetaría como a su propia madre y la llamaría Migāramāta, que significa "Madre de Migāra". Seguidamente, Migāra fue ante el Bienaventurado, se postró a sus pies y proclamó su lealtad a la Triple Gema. Visākhā invitó al Buddha a la comida del día siguiente, y en esa ocasión, fue su suegra quien alcanzó el acceso a la corriente. A partir de entonces, todos los miembros de la familia se convirtieron en partidarios incondicionales del Iluminado.

Con el paso del tiempo, Visākhā dio a luz a no menos de diez hijos y diez hijas y vivió hasta la edad avanzada de 120 años. Se dice que era tan fuerte como un elefante y que se ocupaba incansablemente de toda su numerosa familia. Sin embargo, cada día encontraba tiempo para alimentar a los monjes, para visitar los monasterios, para asegurarse de que a ningún monje o monja le faltara comida, ropa, cob¡jo, cama o medicinas; pero por encima de todo, todavía encontraba tiempo para escuchar, una y otra vez, la Enseñanza del Bienaventurado. Por eso el Buddha dijo de ella: "Visākhā es la primera entre mis seguidoras laicas que auspician la Orden".

En cierta ocasión, Visākhā fue a ver al Bienaventurado, pues su nieto favorito, Datta, que siempre le había ayudado a distribuir las ofrendas de comida, había fallecido repentinamente. Cuando expuso su pena ante el Bienaventurado, éste le preguntó si le gustaría tener tantos hijos y nietos como personas vivían en la ciudad de Sāvatthī. Ella asintió entusiasmada. "Pero, ¿cuántas personas mueren en Sāvatthī cada día?", preguntó el Buddha. Tras reflexionar, Visākhā respondió: "Oh, Señor, en Sāvatthī mueren a diario diez o nueve personas, cinco o tres, o dos personas, o al menos una persona muere cada día, Sāvatthī nunca está libre de la muerte". "Preguntándosele si, en ese caso, permanecería siempre sin pena, ella respondió que sentiría pena todos los días". El Bienaventurado dijo entonces: "Los que tienen cien personas queridas tienen cien penas, los que tienen noventa... cinco... cuatro... tres... dos... una persona querida, tienen una pena, pero los que no tienen seres queridos no tienen pena. Sólo éstos, digo, permanecen sin pena, sin sufrimiento, sin desesperación".

En un día de luna llena, Visākhā acudió al monasterio y saludó al Buddha. Cuando se le preguntó por qué había venido, respondió que estaba guardando un día de Uposatha, el día en que el discípulo se dedica completamente al estudio y la práctica del Dhamma. Tras esta tácita demanda de instrucción, el Bienaventurado impartió un extenso discurso acerca de los dos modos erróneos y el modo correcto de mantener el Uposatha. El Uposatha de los pastores y de los jefes de familia comunes consiste en pensar en los deleites de mañana mientras observan hoy las reglas ascéticas. El Uposatha de los jainistas consiste en mostrar amor afectuoso hacia algunos, al tiempo que se jactan de estar libres de los disfrutes sensuales. El verdadero día de Uposatha es el de los nobles y consiste en observar los Ocho Preceptos y reflexionar sobre la grandeza del Bienaventurado, del Dhamma y del Sangha y sobre las virtudes de los devas y las propias. El Buddha prosiguió describiendo la vida feliz y despreocupada de todos los dioses, incluyendo el mundo de Brahma, y concluyó diciendo: "Miserable es la gloria de los seres humanos cuando se la compara con el gozo celestial".

Otra pregunta de Visākhā trataba sobre las cualidades femeninas que conducen a una mujer a un renacimiento en compañía de los "dioses agraciados". Como respuesta, el Bienaventurado expuso ocho condiciones: (1) la mujer es siempre una compañía agradable y grata para su marido, independientemente de la conducta de éste; (2) honra y atiende a los seres queridos de su marido -sus padres y los hombres sabios a quienes venera-; (3) en las tareas del hogar es aplicada y cuidadosa; (4) supervisa bien a los sirvientes y cuida de ellos como es debido, teniendo en cuenta su salud y nutrición; (5) guarda la propiedad de su marido y no despilfarra su riqueza; (6) ella toma refugio en el Buddha, en el Dhamma y en el Sangha; (7) observa los cinco preceptos y (8) se deleita en la práctica de la generosidad y de la renuncia.

Una vez, cuando el Bienaventurado junto con sus monjes, acudió a una invitación de Visākhā, ella le suplicó que le confiriera ocho favores. El Buddha respondió que el Ser Perfecto estaba más allá de otorgar favores. Visākhā dijo que no deseaba algo censurable sino loable. El Bienaventurado le permitió que mencionara sus deseos. Ella pidió obsequiar a la Orden de ocho modos con: (1) hábitos para el tiempo de las lluvias; (2) comida para los monjes recién llegados; (3) comida para los monjes que emprenden viaje; (4) medicinas para los monjes enfermos; (5) alimentos para los monjes enfermos; (6) alimentos para los monjes que atienden a los enfermos; (7) distribución asidua de gachas de arroz y (8) ropas idóneas para que las monjas pudieran bañarse en el río.

Luego, el Bienaventurado le preguntó a Visākhā cuáles eran los beneficios internos que esperaba por sus deseos. Su respuesta muestra cuán sutil y profundamente había comprendido ella la distinción entre los actos externos de virtud y el adiestramiento mental interno. Dijo lo siguiente:

"En cuanto a eso, Señor, los monjes que, tras permanecer durante las lluvias en diferente regiones, vengan a Savatthi a ver al Bienaventurado, se acercarán a él y le plantearán el siguiente asunto: "Señor, el monje llamado tal y cual ha fallecido. ¿Cuál es su destino? ¿Cuál es su renacimiento?" Seguidamente, el Bienaventurado explicará cómo alcanzó el difunto el fruto del que accede a la corriente, o del que regresa una vez, o del que no regresa, o el estado de arahant. Yo me dirigiré, entonces, a los monjes y les preguntaré: "Señores, ¿acaso vino alguna vez ese monje a Savatthi?". Si responden afirmativamente, concluiré que sin duda ese monje habrá disfrutado de un hábito para las lluvias, o de la comida de un visitante, o de la comida del que parte de viaje, o de la comida para el enfermo, o de la comida para el que cuida del enfermo, o de la medicina para el enfermo, o de las gachas de arroz de la mañana. Cuando recuerde esto, me alegraré. Cuando me alegre, me sentiré feliz. Cuando mi mente se sienta feliz mi cuerpo estará tranquilo. Cuando mi cuerpo esté tranquilo sentiré placer. Cuando sienta placer, mi mente podrá concentrarse. Esto desarrollará en mí las facultades y poderes espirituales así como los factores de la Iluminación. He aquí, Señor, el beneficio que preveo para mí al pedir al Ser Perfecto estos ocho favores".

"¡Bien, bien, Visākhā!" respondió el Iluminado. Es bueno que hayas pedido al Bienaventurado estas ocho gracias pensando en tales beneficios. Yo te las concedo".

Y así vivió Visākhā. La "Madre de Migāra", un modelo de devota laica dotada de una fe inquebrantable en la Triple Gema, firmemente establecida en el fruto del que accede a la corriente, destinada a un renacimiento feliz, y finalmente, a la liberación última del sufrimiento.
 

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