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Grandes Discípulos del Buddha: Anāthapindika


By maggacitta - Posted on 12 November 2011

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Anāthapindika: el principal benefactor del Buddha

Anāthapindika, cuyo verdadero nombre era Sudatta, era un rico mercader de Sāvatthī. En una oportunidad fue a visitar a su cuñado quien era un seguidor laico del Buddha. Cuando llegó a la casa vio que todos estaban ocupados, con entusiasmo, en la elaboración de grandes preparativos. Anāthapindika preguntó a su cuñado qué significa todo eso. "He invitado al Iluminado y a la orden de monjes a que vengan a comer mañana", le dijo su cuñado. "¿Has dicho el Iluminado?" preguntó Anāthapindika. "Incluso el mero sonido de tal palabra es en verdad inusual en este mundo -el Iluminado-. ¿Es realmente posible ver al Iluminado con los ojos?". Su cuñado respondió: "Hoy no sería conveniente, pero puedes ir a verle mañana por la mañana a primera hora". Así hizo Anāthapindika. Era tan fuerte su ansia de encontrarse con el Bienaventurado, que se levantó antes de que amaneciera y salió de la ciudad en dirección al monasterio. Al verle, Anāthapindika quedó sobrecogido y cayó a los pies del Maestro. Entonces el Buddha le explicó la enseñanza que es exclusiva de los seres Iluminados: las Cuatro Nobles Verdades del sufrimiento y Anāthapindika realizó el camino y el fruto de acceso a la corriente.

Anāthapindika hizo construir un monasterio para la Orden en Sāvatthī, conocido como "La Arboleda de Jeta" y "El Monasterio de Anāthapindika" donde el Buddha estableció su residencia. Anāthapindika se ocupaba del mantenimiento financiero, reparaciones y todos los demás gastos del monasterio, satisfaciendo todas las necesidades de los monjes en cuanto a su alimentación, ropa, medicinas, etc. Además, varios cientos de monjes acudían a diario a su casa para recibir la comida de la mañana. Por esta razón, el Buddha le declaró el primer benefactor del Sangha. Cada día, a la hora de comer, su hogar se llenaba de hábitos azafrán en un entorno de perfecta santidad.

Sin embargo, la riqueza de Anāthapindika no era inagotable. Un día, una inesperada inundación se llevó riquezas por valor de dieciocho millones de monedas que la corriente arrastró hasta el mar. También había prestado una cantidad similar de dinero a ciertos amigos de negocios que no parecían dispuestos a devolvérsela, y él se resistía a reclamarla. Puesto que su fortuna era de un valor de cinco veces dieciocho millones y había invertido tres quintas partes de la misma en el monasterio, su fortuna se veía ahora extremadamente mermada. Anāthapindika, el millonario, se había vuelto pobre. Aun así, y a pesar de las dificultades, continuaba ofreciendo algo de comida a los monjes, aunque fuera tan sólo un modesto ofrecimiento de gachas de arroz un tanto diluídas.

Una vez, un espíritu que se había instalado en el palacio de Anāthapindika, se le manifestó y trató de persuadirle de que, puesto de que ahora era un hombre arruinado, sería prudente dejar de dar limosna. El gran bienhechor respondió que sólo conocía tres tesoros -el Buddha, el Dhamma y el Sangha- y estaba decidido a cuidar de ellos. Acto seguido dijo al espíritu que se marchara de su casa ya que no había lugar en ella para los enemigos del Buddha.

Mientras tanto, el espíritu se había dado cuenta de su mala conducta y rogó a Sakka que pidiera perdón en su nombre. Sakka requirió, como penitencia, que el espíritu ayudara a Anāthapindika a rehacer su fortuna. Primero tendría que recuperar el oro hundido en el mar; después debería hacerse con tesoros enterrados que nadie reclamara; y, finalmente, tendría que persuadir a los deudores de Anāthapindika a que pagaran sus deudas. El espíritu llevó a cabo todas estas tareas y poco después Anāthapindika había recuperado toda su riqueza y podía ser tan generoso como lo había sido en el pasado.

El espíritu se apareció entonces delante del Buddha y le pidió perdón. El espíritu fue perdonado y luego se convirtió en un discípulo. El Buddha le enseñó, además, que a la persona que practica con esfuerzo la perfección del dar, nada en el mundo puede alejarla de ella, ni espíritus ni dioses ni demonios, ni siquiera la amenaza de la muerte.

Cuando Anāthapindika hubo alcanzado el estado del acceso a la corriente hizo la firme promesa de observar los preceptos, de mantener la pureza mental y de esforzarse por inspirar a los que le rodeaban. Así pues, Anāthapindika vivía en la pureza entre personas del mismo parecer. Su familia inmediata y también sus empleados y sirvientes se esforzaban asimismo por practicar la generosidad y de mantener los cinco preceptos. Su hogar se había convertido en un centro de bondad y de buena intención y esta actitud se extendió entre sus amigos y asociados. Nunca trató de inculcar a otros sus propias ideas, ni evitó tampoco los problemas de la vida cotidiana.

Anāthapindika sabía diferenciar entre su propia observancia del precepto de no beber alcohol y el comportamiento de otros. Por ejemplo, uno de sus amigos negociaba con el alcohol y, a pesar de ello, Anāthapindika mantenía con él una cordial amistad. Una vez, cuando su amigo perdió una importante cantidad de vinos a causa del descuido de un empleado, Anāthapindika se solidarizó totalmente con él y le trató como lo hubiera hecho con cualquier otro amigo al que hubiera alcanzado la desgracia. Anāthapindika era un buen ejemplo para los demás, pero no imponía a nadie su modo de hacer ni criticaba a nadie por sus defectos.

Anāthapindika iba a ver al Buddha al monasterio generalmente dos veces al día, a menudo sólo para verle, pero frecuentemente para escuchar un discurso. El no se atrevía a hacer preguntas al Bienaventurado, ya que, siendo el benefactor más generoso de la Orden, no quería dar la impresión de que estaba cambiando su contribución por un consejo personal. Las donaciones eran para él un asunto del corazón y las ofrecía sin pedir nada a cambio -el puro júbilo era su recompensa-. Pensaba que el Buddha y los monjes no considerarían la instrucción como una obligación o compensación para el benefactor, sino que compartirían el don del Dhamma como una expresión natural de su bondad y compasión. Por consiguiente, cuando Anāthapindika iba a ver al Buddha, se sentaba silenciosamente y esperaba a ver si el Maestro le daba alguna instrucción.

En una ocasión, el Buddha le transmitió a Anāthapindika el siguiente consejo: "Cabeza de familia, existen cuatro condiciones para comprender lo que es deseable, apreciado, encantador, difícil de conseguir en el mundo. ¿Cuáles son esas cuatro? "¡Qué la riqueza por medios lícitos venga a mí!". "¡Habiendo conseguido riqueza por medios lícitos, que la buena reputación me asista a mí, a mis parientes y a mis maestros!". "¡Qué disfrute de una larga vida y alcance una avanzada edad!". ¡"Qué cuando mi cuerpo se desintegre, renazca después de mi muerte en un mundo celestial!". Ahora propietario, para ganar estas cuatro condiciones, otras cuatro condiciones son procedentes. ¿Cuáles cuatro? La perfección de la fe, la perfección de la virtud, la perfección de la generosidad y la perfección de la sabiduría.

El Buddha explicó lo siguiente: La fe sólo puede ganarse una vez aceptado el Bienaventurado y su mensaje sobre la naturaleza de la existencia. Sólo se puede alcanzar la virtud si se cumple con los cinco preceptos básicos para una vida moral. La generosidad pertenece a quien está libre de la avaricia. Se adquiere sabiduría cuando se comprende que si el corazón está dominado por los cinco obstáculos -deseo sensual, mala voluntad, sopor y somnolencia, agitación y duda escéptica- se hace lo que no conviene y se fracasa en lo que conviene hacer. Sí el discípulo laico -mediante la fe, la virtud, la generosidad y la sabiduría- está ciertamente en el camino de obtener las cuatro cosas deseables, a saber, riqueza, buena reputación, larga vida y un buen renacimiento, empleará el dinero en cuatro acciones buenas: hacer felices a su familia, a sus amigos y a sí mismo, evitar accidentes, realizar las cinco tareas anteriormente mencionadas y hacerse cargo de las necesidades de los nobles ascetas. Si la riqueza se emplea para otros fines distintos a estos cuatro, esas riquezas no habrán satisfecho su propósito y habrán sido insensatamente despilfarradas. Pero si la riqueza ha disminuido por haberla empleado en estos cuatro propósitos, habrá sido utilizada de un modo significativo.

Una vez el Buddha le explicó a Anāthapindika las gradaciones de los actos meritorios: "Más meritorio que las grandes donaciones a personas que no las merecen sería una sola ofrenda de comida a los discípulos nobles. Más meritorio todavía sería dar de comer a un paccekabuddha o a cien paccekabuddhas. Aún más meritorio sería dar limosna a un Buddha o erigir un monasterio. Pero sería aún mejor tomar refugio en el Buddha, el Dhamma y el Sangha. Y esta acción sería perfecta si uno observara los cinco preceptos. Todavía sería mejor, si fuera posible aunque sólo fuera por un instante, embeber la acción de una ligera fragancia de la radiación de un amor afectuoso que abarcara a todos los seres (metta). Pero lo mejor de todo sería cultivar, durante el tiempo de un chasquido de los dedos, la comprensión directa de la transitoriedad. 

Este discurso muestra las gradaciones de la práctica: generosidad, virtud, meditación en el amor universal y, finalmente, la comprensión inquebrantable de la impermanencia de todos los fenómenos condicionados. Sin esforzarse en la generosidad, en la virtud y en el amor imparcial por todo tipo de criaturas, no es posible mantener una contemplación concentrada en la transitoriedad.

Como todo discípulo que poseyera el fruto del que accede a la corriente Anāthapindika era consciente de la naturaleza transitoria de los cinco agregados, y en la hora de su muerte estaba ya muy alejado de los intereses mundanos. Ya moribundo, y mientras pensaba en el Dhamma, había renunciado al apego a las posesiones materiales así como a su propio cuerpo, por lo tanto se encontraba en una situación comparable a la de los monjes más avanzados.

Al morir, el gran benefactor Anāthapindika pudo renacer en el paraíso de Tushita, lugar al que le había precedido su hija menor. Aún así, impulsado por su genuina devoción al Buddha y al Sangha, se apareció en el Monasterio de Jetavana como un joven Deva, invadiendo todo el espacio con su luz celestial. Seguidamente se dirigió al Buddha, le rindió homenaje y, manteniéndolo a su derecha, desapareció allí mismo.