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Grandes Discípulos del Buddha: Angulimāla


By maggacitta - Posted on 09 November 2011

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Angulimāla: un asesino en su camino hacia la santidad

En tiempos de Buddha había un erudito brahmín llamado Bhaggava Gagga que servía en la corte del Rey Pasenadi de Kosala como capellán real. Una noche, su mujer Mantānī dio a luz a un niño. El padre trazó la carta astral del niño y descubrió, consternado, que el infante tenía una disposición innata para una vida criminal.

Al niño le llamaron Ahimsaka, que significa “Inofensivo”, con la esperanza de implantar en su mente un ideal por el cual esforzarse. Con los años, Ahimsaka se convirtió en un joven físicamente fuerte y robusto, pero también sumamente educado e inteligente. Puesto que era aplicado en sus estudios, más la atmósfera religiosa de su hogar, sus padres tenían buenas razones para pensar que las inclinaciones malignas de su hijo habían sido contenidas.

Llegado el momento, su padre le envió a Takkasilā, la antigua y famosa universidad de India, para que prosiguiera con sus estudios superiores. Puesto que era tan estudioso, rápidamente superó a todos sus compañeros de clase y muy pronto el maestro principal del centro de estudios lo convirtió en su pupilo favorito. Pero sus compañeros, que para entonces se sentían agraviados y envidiosos, prepararon una estrategia para provocar una ruptura entre ambos, haciéndole ver al maestro que Ahimsaka iría contra él. La semilla venenosa que estos estudiantes sembraron en el maestro arraigó en su corazón, quien llegó a creer que su pupilo quería eliminarle. Así que, el maestro de Ahimsaka preparó una estrategia con el fin de liberarse de él.

Cuando los estudios de Ahimsaka habían llegado a su fin, el maestro le llamó y le dijo lo siguiente: “Mi querido Ahimsaka, todo aquél que haya finalizado sus estudios tiene el deber de ofrecer un presente a su maestro, así que ¡dame el tuyo!”. “¡Por supuesto, maestro! ¿Qué debo ofrecer?”. “De la mano derecha de mil seres humanos me traerás el dedo meñique. Éste será entonces tu homenaje ceremonial de conclusión a la ciencia que has aprendido”.

El maestro esperaba probablemente que Ahimsaka, en su intento de llevar a cabo dicha tarea, acabara por ser asesinado o arrestado y ejecutado. En un principio Ahimsaka se rehusó a una demanda tan monstruosa, pero tras una persuasión adecuada, acabó por aceptar. Las palabras de su maestro debieron despertar en él una extraña atracción por una vida de violenta aventura. Ésta era la oscura herencia de su pasado que, al irrumpir en su vida presente, había eclipsado las buenas cualidades de los primeros años de su existencia presente.

Así pues, Ahimsaka se hizo de una serie de armas y se dirigió al bosque de Jālinī, en su región natal de Kosala. Allí se instaló en el pico de un risco desde donde podía observar el camino. Cuando venían los viajeros, bajaba de la montaña y, después de asesinarles, cortaba el dedo meñique de sus víctimas y con los huesos preparó un collar que guindó alrededor de su cuello. De ahí que Ahimsaka recibiera el apodo de Angulimāla, “guirnalda de dedos”.

Ante estos ataques sangrientos, ya la gente evitaba el bosque, así que Angulimāla tenía que acercarse a los alrededores de los pueblos para atacar a sus víctimas. Fue capaz incluso de entrar a algunas casas durante la noche y matar a las personas para hacerse con sus dedos. Como nadie podía resistirse ante su inmensa fuerza, la gente abandonó sus hogares y pronto los pueblos quedaron desiertos. Cuando esta noticia llegó a oídos del Rey Pasenadi, dio la orden de capturar a Angulimāla y para ello se preparó un destacamento del ejército.

Cuando su madre oyó el anuncio público, intuyó que el asesino no podía ser otro más que su hijo Ahimsaka, quien jamás había regresado de Takkasilā. Impulsada por el amor hacia su hijo, se puso en camino hacia el bosque, sola, en dirección al lugar en el que se decía se ocultaba Angulimāla. Quería salvarle e implorarle que renunciara a esos métodos malvados y que regresara con ella al hogar.

Para entonces, Angulimāla había reunido ya 999 dedos y sólo necesitaba uno para el millar que su maestro le había pedido. Desde su puesto de vigilancia vio acercarse a su madre. Aunque pudo reconocerla, su mente estaba tan empapada en la cruel emoción de la violencia que no dudó en completar su cuenta de mil dedos asesinando a su propia madre. El matricidio es una de las ofensas atroces que producen irreversiblemente un renacimiento inmediato en el infierno. Angulimāla se acercaba, sin saberlo, a las mismas puertas del reino infernal. Pero justo en ese momento apareció el Buddha, en el camino entre Angulimāla y su madre.

En lugar de matar a su madre, Angulimāla pensó en matar al recluso que venía en camino, tomó su espada y le siguió. El Buddha utilizó sus poderes supranormales que, pese a caminar tan de prisa como podía, el asesino no podía alcanzar al Bienaventurado que caminaba a un paso normal. Asombrado Angulimāla de que no podía alcanzar al recluso que caminaba a un paso normal, se detuvo y le gritó:                          

¡Para recluso! ¡Para!
El Buddh
a respondió: ¡Yo he parado Angulimāla, para tú también!
Angulimāla le dij
o: ¡Mientras caminas, recluso, me dices que te has detenido!
Yo me he detenido y me dices que no he parado.
Yo te pregunto, oh r
ecluso, ¿qué quieres decir con eso?

El Bienaventurado respondió:

“Angulimāla, yo he parado para siempre,
me absten
go de la violencia hacia los seres vivos;
pero tú no te co
ntienes con nada que respire:
por eso yo he pa
rado y tú no”.

Cuando Angulimāla oyó estas palabras, comprendió que el asceta que se encontraba frente a él no era un recluso común y corriente, sino el Bienaventurado en persona, y supo intuitivamente que el Maestro había venido al bosque sólo para su bien, para sacarle del abismo insondable en el que estaba a punto de caer. Conmovido hasta las mismísimas raíces de su ser, arrojó por tierra sus armas y se comprometió a adoptar un modo de vida completamente distinto. El malhechor rindió culto a los pies del Sublime y en ese momento pidió la ordenación. Entonces, el Iluminado se dirigió a él con estas palabras: “Ven monje”, y así fue como el bandido se convirtió en monje. Luego de esto el Buddha, junto a Angulimāla, se puso en camino hacia el Monasterio de Jetavana.

Ahora, el Rey Pasenadi en persona, se dirigía junto a un grupo de soldados hacia la guarida de Angulimāla. En el camino pasaron por delante del Monasterio de Jetavana, a donde el Buddha acababa de llegar. Puesto que el rey era un devoto seguidor del Bienaventurado, decidió hacer un alto con el fin de saludar al Bienaventurado. Al verle, el Buddha le preguntó sobre la razón de tantos soldados y el rey le dijo que iba tras el asesino Angulimāla. Entonces el Maestro le dijo: “Gran rey, si vieras a Angulimāla con la cabeza y la barba afeitada, vestido con los hábitos azafrán, siendo virtuoso y de buen carácter, ¿cómo le tratarías?” “Venerable Señor, le rendiríamos homenaje”

Entonces, el Maestro extendió su brazo y le dijo al rey. “Aquí, gran rey, éste es Angulimāla”. Al verle, el rey perdió su compostura, se encontraba alarmado. Una vez recobrada su serenidad, se acercó al Venerable Angulimāla y exclamó: “¡Es maravilloso, Venerable Señor! ¡Es maravilloso el modo en que el Bienaventurado subyuga al no subyugado, pacifica al no pacificado y serena al no serenado!”

El Buddha ha advertido a menudo a sus discípulos que no juzguen a los demás por su apariencia y comportamiento externos. Sólo un Buddha dotado de sus facultades únicas puede ver con impecable precisión el corazón de otros seres. En el caso de Angulimāla, el Buddha había percibido su potencial oculto para ganar la libertad en esta misma vida, y no sólo la libertad del renacimiento en los mundos inferiores, sino también de todo el sufrimiento del círculo sin principio de la existencia.

Cuando Angulimāla se encontraba en sus prácticas de recoger limosnas, la gente huía de él. No lograba obtener siquiera una cucharada de comida. Muchas personas no podían olvidar que él era el responsable de la muerte de sus seres queridos. Por esta razón, en una ocasión, algunas personas le atacaron con palos y piedras. Luego de esto, Angulimāla regresó al lado del Buddha gravemente herido, su cabeza sangrando, su cuenco roto y su hábito rasgado. El Maestro al verle llegar le dijo: “¡Aguanta brahmín, aguanta! Estás experimentando aquí y ahora el resultado de acciones a cuenta de las cuales tendrías que haber sido torturado en el infierno por muchos miles de años”.

Angulimāla era ya un Arahant y su corazón y su mente permanecían firmes e invulnerables. Su cuerpo, no obstante, estaba todavía expuesto a los efectos de sus acciones negativas anteriores. Podemos comprender, pues, las palabras del Buddha a Angulimāla como un recordatorio de la concatenación kámmica de causas y efectos que el anciano todavía tenía que experimentar, aunque de forma enormemente mejorada, debido a la metamorfosis interna que había efectuado.
 

Hermoso relato que da esperanza de que aun a pesar de nuestras malas acciones, la renunciación profunda y sincera a las mismas, pueden traer transformacion y pulcritud en nuestro interior.