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Grandes Discípulos del Buddha: Citta el laico y Citta el monje


By maggacitta - Posted on 19 November 2011

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Breves biografías de otros discípulos del Buddha


Citta el laico

En cierta ocasión el Buddha comentó que un devoto discípulo laico debería fomentar el deseo de llegar a ser como Citta y Hatthaka, mientras que los devotos monjes debían aspirar ser como Sāriputta y Mahāmoggallāna. Así se establecen modelos distintos para los laicos y los monjes. Un seguidor laico no ha de seguir a un monje como modelo, sino a un discípulo laico; y un monje no ha de emular a un discípulo laico sino a un monje. Un discípulo laico que aspire a ser como Sāriputta debe tomar los hábitos.

El Buddha mencionó a tres personas que destacaban por su tarea en la expansión del Dhamma: el monje Punna

Mantānīputta, la monja Dhammadinnā y el Laico Citta. No hay registro de ningún otro discípulo laico que estuviera tan calificado como Citta en este respecto.

Citta, un maestro del buen Dhamma y modelo para los discípulos laicos buddhistas, era un rico mercader que poseía toda una aldea, Migapathaka, y cerca de allí, el gran bosque de Ambātakavana. Citta ofreció su bosque al Sangha como presente y en él construyó un espacioso monasterio. Su devoción por el Bienaventurado se debía a que en una vida previa, había sido un sirviente del Bodhisatta y había abandonado con su amo la vida del hogar para abrazar la vida sin hogar de un monje.

Citta había alcanzado el segundo estadio de la santidad, el del que regresa una vez (Sakadāgāmi), durante una charla del Dhamma que el Venerable Sāriputta había impartido.

Hay un relato de un encuentro personal entre Citta y el asceta desnudo Kassapa. Este asceta era un viejo amigo de la familia de Citta. En ese encuentro Citta le preguntó que cuántos años había practicado el ascetismo. “Treinta años”, le dijo. Citta preguntó a continuación si había alcanzado los estados supra humanos del gozo o el conocimiento intuitivo supra normal. Kassapa respondió: “No, sólo he ido de aquí para allá desnudo, rasurándome la cabeza y desempolvando mi asiento”. Esta había sido su vida.

Ahora era el turno de Kassapa, quien preguntó: “¿Cuántos años ha sido Citta un seguidor laico del Buddha?”. “Treinta años”, respondió Citta. “¿Había alcanzado estados supra humanos?”. “Bueno”, dijo Citta, “he experimentado, sin duda alguna, las cuatro jhānas y, si muriera antes que el Bienaventurado, éste diría de mí que ninguna traba me ataba ya al mundo de la esfera sensorial”.

Esto, como bien sabía Kassapa, significaba que Citta había alcanzado el estado del que no regresa (Anāgāmi). El asceta, agotado por las dolorosas austeridades, estaba pasmado ante la idea de que un laico pudiera alcanzar un logro tan elevado. Considerando justamente que, si eso era posible para un laico en la Orden del Buddha, un monje podría lograr aún más. Entonces le pidió a Citta que le ayudara a tomar los hábitos. Kassapa fue debidamente admitido en el Sangha y poco después alcanzó el estado de Arahant.

Otros tres amigos de Citta se hicieron también monjes después de mantener con él conversaciones similares. Todos ellos alcanzaron la emancipación última, dejando atrás a Citta, el cabeza de familia.

Cuando Citta cayó enfermo, los devas aparecieron ante él para animarle a que concentrara su mente en convertirse en un monarca del mundo en su próxima vida. “No”, respondió Citta. Él aspiraba a algo superior, más noble y más apacible que eso. Él buscaba lo no condicionado: Nibbāna. Luego, Citta impartió un último consejo y exhortación a sus familiares: debían depositar siempre su confianza en el Buddha y en su Dhamma y debían ser inquebrantablemente generosos con el Sangha.

Así, este noble discípulo laico del Buddha transmitió a sus sucesores el modelo de conducta que él mismo había seguido a lo largo de su vida con un éxito tan brillante, un éxito que le había conducido hasta la liberación de las miserias del reino sensual y a la percepción de la inmortalidad, el fin definitivo del sufrimiento.


 

El monje Citta

Este Citta era el hijo de un domador de elefantes. Cuando era todavía un joven, se encontró con un monje que llevaba una deliciosa comida en su cuenco por la que no tenía apetencia y se la ofreció a Citta. Contento con esto, Citta se unió al Sangha pensando que así podría alimentarse sin tener que trabajar. Pero poco tiempo después se deshizo de los hábitos para volver a la vida laica ya que fue incapaz de llevar una vida ascética. Sin embargo, el espíritu de la santa Sangha había dejado en su mente una impresión profunda e indeleble.

Pero pronto Citta sintió insatisfacción con la vida de un laico y pidió una vez más la ordenación. Tras obtenerla, desertó de nuevo del monasterio después de un tiempo. Lo mismo ocurrió una tercera, una cuarta y una quinta vez, después de lo cual contrajo matrimonio.

Una noche en que Citta no conseguía dormir, y mirando a su mujer que estaba profundamente dormida, percibió con toda claridad la desdicha de los placeres sensuales y, sin pensarlo más, se dirigió al monasterio. En su acelerado caminar a través de la silenciosa noche, florecieron todas las buenas semillas plantadas durante el tiempo que había sido monje y, en ese mismo momento, Citta alcanzó el estado de acceso a la corriente.

En el monasterio, sus antiguos compañeros, acababan de llegar a la conclusión de rehusar una sexta ordenación de Citta, consideraban que estaba completamente incapacitado para la vida santa. Mientras los monjes deliberaban, vieron acercarse a Citta. Sus facciones irradiaban un nuevo gozo y su manera de ser parecía tan serena y apacible, que les resultó imposible negarle una nueva ordenación. Citta había logrado las cuatro jhānas y la unificación sin signo de la mente.

En una oportunidad en que unos Arahants estaban sentados conversando, el anciano Mahākotthita explicaba en presencia de Citta que existen estados mentales que pueden ser excelentes mientras duren, pero que pueden ser todavía incapaces de evitar que un monje renuncie a su ordenación. Este monje explicaba que una persona puede estar en posesión de las cuatro jhānas y de la unificación sin signo de la mente, pero en el momento en que el gozo declina, la persona puede abandonar el adiestramiento, puede sentirse seguro con las jhānas, pero es precisamente esto lo que le lleva a su perdición.

Más tarde, Citta devolvió los hábitos por sexta vez para regresar a la vida de familia. En su asombro, sus amigos monjes fueron a ver al Buddha y le contaron lo sucedido, pero el Bienaventurado disipó sus temores asegurándoles que Citta regresaría pronto al Sangha.

Un día, Citta fue a ver al Buddha en compañía de Potthapāda, un asceta errante de otra secta. Ambos le hicieron algunas preguntas profundas al Buddha acerca del devenir. Las respuestas del Bienaventurado le satisficieron plenamente y Citta pidió de nuevo la ordenación. El Buddha dio su consentimiento y al poco tiempo se convirtió en Arahant.

Los comentarios explican que en una vida pasada, durante los tiempos del Buddha Kassapa, el ahora monje Citta había instado a otro compañero que se sentía insatisfecho con la vida de monje, a abandonar el Sangha. En su corazón, Citta lo hacía para sentirse superior a su amigo. Ahora, durante la vida del Buddha Gotama, Citta, como resultado de aquella acción, tenía que soportar la humillación de dejar seis veces el Sangha y de tener que pedir seis veces su readmisión.

Todo ello muestra que algunos kammas son tan fuertes que uno no puede resistirse a su resultado, no teniendo más remedio que vivirlo con paciencia y comprensión. Pero puesto que no sabemos si ciertas influencias en nuestras vidas son o no los resultados de tal kamma o, si lo son, cuán próximos están de su extinción, nos interesa luchar contra ellos. En cualquier caso, tal esfuerzo tiene su propio valor; aunque pueda parecer fútil en esta vida, en última instancia su fruto nos beneficiará. El Dhamma nos anima a que nos enfrentemos a cualquier forma de fatalismo, esa visión tan paralizante de la vida. El verdadero seguidor del Buddha es el que nunca admite una derrota final. Como un diestro guerrero, debemos estar preparados a perder cualquier batalla excepto la última, en el convencimiento de que, mediante la perseverancia, la victoria final será nuestra.

En el parrafo que empieza con Esto, com bien, mas abajo dice doloras no será dolorosas.? Me gusto mucho gracias por la publicación