You are hereBlogs / maggacitta's blog / Grandes Discípulos del Buddha - Parte II

Grandes Discípulos del Buddha - Parte II


By maggacitta - Posted on 07 September 2010

Share this

Mahāmoggallāna - Maestro de poderes psíquicos

Mahāmoggallāna-Maestro de poderes psíquicos

Esta biografía es la segunda entrega de una compilación de veinticuatro biografías de los discípulos más prominentes del Buddha. En esta oportunidad será abordada la vida del Venerable Mahāmoggallāna, el segundo de los dos discípulos principales del Iluminado, quien junto a Sāriputta tenía la responsabilidad de compartir la carga compasiva del Buddha y trabajar en la más estrecha cooperación con Él para asegurar que el Dhamma se convirtiera en “exitoso y próspero, prolongado, popular, extendido y bien proclamado entre devas y humanos” (DN 16; SN 51:19).

Considero una gran fortuna para todos nosotros tener la maravillosa oportunidad de conocer la vida de estos dos seres a quienes el Bienaventurado llamó "el par más excelente de discípulos". Que la meditación reflexiva sobre estos venerables seres constituya un eslabón más en la cadena de causas que habrá de conducirnos, eventualmente, a través de la senda indicada por el Bienaventurado para la obtención de la suprema felicidad.

Su juventud

En una pequeña ciudad llamada Kolita, cerca de Rājagaha, la capital del reino de Magadha, nació un niño destinado a ser el segundo discípulo principal del Buddha. Sus padres le pusieron por nombre Kolita, como la ciudad donde nació, ya que había nacido en la familia más importante de esa ciudad. Dado su origen, Kolita nació en un entorno de riquezas y de circunstancias favorables, las cuales le mantuvieron alejado del contacto directo con las penalidades de la vida.

En el mismo día del nacimiento de Kolita, en un pueblo colindante, nació Upatissa, quien llegaría a ser el Venerable Sāriputta. Ambos niños crecieron juntos y siempre mantuvieron una lealtad firme y una devoción abnegada. Como adolescentes ricos y de un elevado rango de brahmines, los dos amigos se sentían atraídos por la embriaguez de la juventud, de la salud y de la vida. Cada uno era líder de un grupo de amigos con los que compartían juegos y deportes.

En una oportunidad, cuando se celebraba en Rājagaha una festividad conocida como El Festival Cumbre, que presentaba espectáculos y diversiones populares, los dos amigos fueron atormentados una noche por extraños pensamientos y profundos sentimientos de descontento. "¿De qué sirven todas estas banalidades? ¿Acaso hay algo aquí que sea digno de contemplar? ¿Qué beneficio aporta una vida dedicada a la búsqueda del disfrute y del placer? Dentro de unos años, todos estos artistas serán viejos y débiles; abandonarán esta vida y continuarán sus transmigraciones a través de la existencia conducidos por el ansia, y nosotros correremos también la misma suerte. ¡En vez de perder el tiempo en estas festividades debemos buscar un camino hacia la liberación!"

A la mañana siguiente, después de que Upatissa y Kolita comprendieron que durante la noche anterior ambos habían tenido los mismos pensamientos de profana vanidad y que a la vez compartían el mismo anhelo de buscar una enseñanza de liberación, decidieron renunciar a sus hogares y posesiones y partir como vagabundos sin hogar, sin ataduras mundanas ni sensuales, elevándose por encima de ellas como pájaros en vuelo en busca de un gurú que pudiera guiarles al conocimiento liberador de la Iluminación.

Así pues, los dos amigos, junto con sus jóvenes seguidores, tras despedirse de sus familias, se quitaron el hilo brahmánico sagrado, se cortaron el cabello y la barba y se vistieron con la prenda de color azafrán pálido de los vagabundos religiosos. Descartando todas las marcas distintivas y los privilegios de sus castas, el grupo de jóvenes entró a formar parte de la sociedad sin clases de los ascetas.

La vida de vagabundo y la búsqueda espiritual

Así pues, los dos amigos dejaban atrás sus hogares y se embarcaban en la difícil búsqueda de la paz interior y de la salvación. Caminaron por todo India durante muchos años, de norte a sur, de este a oeste, soportando el polvo del camino y el calor sofocante, la lluvia y el viento, siempre espoleados por los pensamientos que se agitaban en lo profundo de su alma india: "Soy una víctima del nacimiento, de la vejez y de la muerte, de la tristeza, del lamento, del dolor, de la pena y de la desesperación. Soy una víctima del sufrimiento, una presa del sufrimiento. ¡Sin duda se puede descubrir un fin a todo este inmenso dolor!" (MN 29).

En sus viajes encontraron a muchos ascetas y brahmines, célebres por su sabiduría excepcional, con los que sostenían discusiones religiosas sobre Dios y el mundo, sobre cielo e infierno, sobre el significado de la vida y el camino hacia la salvación. Pero pronto se percataron de que ninguno de estos maestros podía responder a sus profundas preguntas, mientras que los dos amigos eran muy capaces de dar respuesta siempre que se les cuestionaba.

El vagar de los amigos en busca de la verdad era como una carrera en círculos, que concluiría sólo cuando su integridad incondicional y su sed insaciable por la verdad les condujeran, finalmente, hasta los pies del Iluminado. Lo que ellos buscaban, ante todo, era la claridad con respecto a la concatenación de la existencia dentro de la compleja red del saṃsāra y la manera de cómo liberarse de ella, y por tanto, del inevitable y continuo círculo de nacimiento, vejez y muerte.

El hallazgo del Dhamma

Luego de una incansable búsqueda sin encontrar el camino que los condujera hacia la fuente que les calmara su sed, Upatissa y Kolita abandonaron su vida de vagabundos y regresaron a su país natal de Magadha. Sin embargo, no se daban por vencidos, y tras establecer el pacto de que el primero que encontrara un camino verdadero a la inmortalidad informaría rápidamente al otro, emprendieron su búsqueda por separado.

Un día, Upatissa fue solo a la ciudad y vio a un monje que le había impresionado. Upatissa se le acercó y empezó a hablar con él. Su nombre era Assaji, quien dijo ser un discípulo del asceta Gotama, a quien llamaban el "Iluminado". Cuando Upatissa le pidió que le explicara la doctrina del Maestro, Assaji resumió una breve estrofa que resumía los puntos esenciales de la Doctrina, una estrofa que en los siglos y milenios por venir se haría célebre en dondequiera que se extendiera la Enseñanza del Buddha:

De todo aquello que surge de una causa,

el Tathagata ha enseñado la causa,

y también cuál es su cesación:

ésta es la Doctrina del Gran Solitario.

 

En el mismo instante en que Assaji pronunciaba esa estrofa, surgió en Upatissa la visión del Dhamma, libre de contaminación y de mácula: "Todo lo que tiene la naturaleza del surgir, tiene la naturaleza del cesar".

Luego Upatissa, al encontrarse con Kolita, le explicó lo que le había ocurrido con el monje y tras repetirle la estrofa, Kolita experimentó la misma visión del Dhamma.

El poder del Dhamma para prender la llama del logro de la verdad última es proporcional a la receptividad y el ahínco del discípulo. Para los que se han adiestrado en las disciplinas de la contemplación y la renuncia, que han reflexionado profundamente sobre lo transitorio y lo inmortal y que están preparados para abandonarlo todo por el bien de la liberación final, una breve estrofa de cuatro versos puede revelar incluso más verdad que varios volúmenes de exposición sistemática. Los dos amigos, Upatissa y Kolita, poseían estas cualidades. Ahora se encontraban a salvo en la corriente del Dhamma (sotāpatti), seguros de que su meta se hallaba a su alcance.

Tras escuchar esa poderosa estrofa, los dos amigos decidieron dirigirse al Monasterio de la Arboleda de Bambú en la ciudad de Rājagaha, lugar donde se encontraba el Gran Asceta, el Tathagata. Los dos amigos, sin embargo, decidieron ir, en primer lugar, en busca de su antiguo y primer maestro Sanjaya para comunicarle que habían hallado al Inmortal y persuadirle a la vez que los acompañara a ver al Maestro. Al verle, le invitaron a conocerlo, pero Sanjaya, no obstante la insistencia de Sāriputta y Kolita, declinó la invitación; ofreciéndole a ambos compartir el liderazgo de su comunidad, les dijo: "Si aceptáis mi oferta seréis sumamente respetados, gozaréis de abundante ganancia y de una excelente reputación". Pero los amigos respondieron: "no nos importaría seguir siendo discípulos toda una vida, pero tienes que decidirte ahora, ya que nuestra resolución es definitiva". Sanjaya, desgarrado por la indecisión, se lamentaba diciendo: "¡No puedo ir! He sido maestro por muchos años y tengo una vasta comitiva de discípulos. ¡Volver a ser un discípulo sería como si un gran lago se transformara en un cántaro!" Así luchaban en su corazón razones contradictorias: por una parte, su anhelo por la verdad; por la otra, el deseo de preservar su condición superior. Pero prevaleció el segundo motivo y Sanjaya se quedó atrás. Al ver que la mitad de sus discípulos decidieron seguir al Buddha, se dice que se sintió tan abatido por la tristeza y la desesperación que "de su boca chorreó sangre caliente".

Su lucha por actualizar la enseñanza

Ahora Upatissa y Kolita, a la cabeza de doscientos cincuenta compañeros ascetas, se dirigieron a la Arboleda de Bambú en donde el Buddha estaba enseñando el Dhamma a los bhikkhus. Cuando el Bienaventurado vio aproximarse a los dos amigos, anunció: “Aquí, bhikkhus, llegan los dos amigos Upatissa y Kolita. ¡Ellos serán mis discípulos principales, un par afortunado! Una vez allí, los recién llegados saludaron respetuosamente al Buddha, alzando las manos juntas hasta la frente e inclinándose a sus pies. Entonces, los dos amigos hablaron: “¿Puede permitirnos, Señor, obtener bajo el Bienaventurado los votos de novicio y la admisión completa?” Y el Buddha respondió: “Venid, bhikkhus, bien proclamado es el Dhamma. ¡Vivid ahora la vida santa para poner fin al sufrimiento!” Estas breves palabras bastaron para impartir la ordenación completa a los dos amigos y a su séquito.

Tras aceptar al grupo en la Orden, el Buddha se dirigió a los doscientos cincuenta discípulos y les explicó la enseñanza de tal modo que al poco tiempo, todos ellos habían alcanzado el primer estadio de emancipación, el acceso a la corriente y, en su debido momento, se convirtieron en Arahants. Todos menos Sāriputta y Moggallāna. Estos dos entraron en soledad, en lugares separados, para continuar esforzándose por la meta más elevada.

Moggallāna se instaló en un bosque donde meditaba con gran celo, pero a pesar de su determinación, le vencía a menudo la somnolencia. Aunque se esforzaba por mantener el cuerpo erguido y la cabeza alta, no dejaba de encorvarse y adormecerse. Había momentos en los que, si conseguía mantener los ojos abiertos, era sólo por pura fuerza de voluntad.

Pero el Iluminado, con la solicitud de un gran Maestro para con sus discípulos, no le perdió de vista. Con su visión sobrenatural, percibió las dificultades del nuevo bhikkhu y se manifestó delante de él mediante sus poderes psíquicos y le preguntó: “¿Tienes somnolencia Moggallāna, tienes somnolencia?” “Sí, Señor”, respondió. Entonces el Buddha le ofreció un consejo en secuencia gradual sobre el modo de eliminar la somnolencia. El primer y mejor recurso es no prestar atención al pensamiento que causa o precede al estado de somnolencia. Éste, no obstante, es el estado más difícil. Si uno no puede aplicarlo, puede evocar algunos pensamientos que le proporcionen vigor, reflexionar acerca de la excelencia de la enseñanza o recitar de memoria partes de la misma. Si estos remedios mentales no sirven, uno debe emplear actividades físicas como por ejemplo, tirarse de las orejas, sacudir el cuerpo, activar la circulación frotándose las extremidades, refrescarse los ojos con agua fría, y por la noche, mirar la magnificencia del cielo estrellado. Esto puede hacer que uno se olvide de la mezquina somnolencia.

Si estas medidas no dieran resultado, se puede intentar generar una visión interna de luz, inundando de luminosidad la totalidad de la mente. Con esta mente auto-radiante, uno será entonces capaz de dejar atrás, como una deidad de Brahma, todo el reino de días y de noches, tal como lo perciben los sentidos. Esta “percepción de luz” (alokasañña) se menciona en los textos como uno de los cuatro modos de desarrollar el samādhi y como una técnica que conduce al “conocimiento y la visión”.

Si este método tampoco resultara útil, uno debe caminar atentamente de un lado a otro, y de este modo, recurriendo al movimiento físico, intentar liberarse de la fatiga. Si, no obstante, ninguna de estas siete estrategias resultaran útiles, uno puede simplemente acostarse y descansar un poco. Pero tan pronto como se sienta refrescado, deberá levantarse rápidamente sin permitir que vuelva a surgir la somnolencia.

La instrucción del Buddha en aquella ocasión, empero, no terminó aquí, sino que continuó del modo siguiente: “Además, Moggallāna, tienes que adiestrarte del siguiente modo: ‘No he de mantener conversaciones contenciosas’. Así debes adiestrarte. Si hay conversaciones contenciosas, habrá, sin duda alguna, gran verbosidad; si hay gran verbosidad habrá excitación; el que se excita pierde el dominio de sí mismo; y si no tiene control, su mente está lejos de hallar concentración”. El bhikkhu que se deleita intelectualmente en las discusiones, se siente incitado por las diferencias de opinión y encuentra placer en derrotar a otros en debate. A causa de ello, su energía mental se ve desviada por canales fútiles y poco provechosos. Si uno no es capaz de mantener sus sentidos bajo control o permite fácilmente que su mente se agite o se desvíe, se volverá vago y descuidado en la práctica, y de este modo, no podrá hallar la unificación de la mente y la paz interior que se ha de obtener en la meditación.

Después de que el Buddha le ofreciera estas instrucciones sobre el modo de vencer la somnolencia y de evitar la excitación, Moggallāna le preguntó lo siguiente:

“¿De qué modo, Señor, puede explicarse brevemente cómo se libera un bhikkhu mediante la extinción del aferramiento; cómo se convierte en un ser que ha alcanzado el fin último, la liberación final de la servidumbre, la vida santa última y es el principal entre dioses y humanos?”

“Aquí, Moggallāna, un monje ha aprendido esto: ‘¡Nada hay que sea digno de ser aferrado!’ Cuando un bhikkhu ha aprendido que no hay nada a lo que valga la pena aferrarse, conoce directamente todo; conociendo todo directamente, comprende todo enteramente; cuando comprende todo enteramente, ante cualquier sensación que experimenta, ya sea agradable, dolorosa o neutra, el bhikkhu permanece contemplando la transitoriedad de la misma, contemplando la ausencia de pasión, contemplando la cesación, contemplando la renuncia. Cuando permanece de este modo, no se agarra a nada de este mundo; sin agarrarse no está agitado; y sin agitación alcanza personalmente la extinción completa de los engaños. Sabe que: ‘El renacimiento ha cesado, la vida santa ha sido vivida, la tarea ha sido realizada, no hay más de éste o de aquel estado’”.

Tras recibir del Maestro todas estas instrucciones (tal como se registran en AN 7:58), Moggallāna reanudó su adiestramiento con gran ardor, luchando vigorosamente contra las interferencias internas de la mente. Ayudado por las instrucciones del Maestro se abrió paso a través de las más sutiles trabas y alcanzó el fruto final, la liberación perfecta de la mente y la liberación mediante la sabiduría en toda su amplitud y profundidad. El Venerable Mahāmoggallāna se había convertido en un Arahant.

El par más excelente de discípulos

Después que Sāriputta y Mahāmoggallāna alcanzaran el estado de Arahant, el Buddha anunció a la Orden que ese par de discípulos serían, a partir de entonces, sus discípulos principales. Algunos de los bhikkhus, sorprendidos, empezaron a protestar, preguntándose por qué el Maestro no había honrado con tal distinción a los que se habían ordenado primero, como por ejemplo, los cinco primeros discípulos. ¿Por qué había pasado por alto a éstos y dado preeminencia a quienes habían entrado en la Orden en último lugar y cuya posición en ella era inferior? El Bienaventurado respondió diciendo que cada uno cosecha de acuerdo con su mérito. Durante eones, Sāriputta y Moggallāna habían progresado hacia su posición actual, cultivando gradualmente las facultades necesarias. Otros, no obstante, habían desarrollado otras facetas. Aunque ambos discípulos principales fueran de casta y de región distinta del Buddha, su posición especial dentro de la Noble Orden era un resultado de la ley de kamma (en la biografía de Sāriputta se dan mayores detalles de esta circunstancia especial).

Los poderes psíquicos de Moggallāna

Los suttas, como es natural, le señalan frecuentemente poderes supranormales al Buddha y a sus discípulos Arahants, no obstante, el Bienaventurado era consciente de los peligros que podía acarrear una fascinación por los poderes psíquicos. Para aquellos cuyas mentes estaban todavía encendidas por la ambición personal, podía ser una trampa espantosa que les alejara del camino. Pero para aquellos cuyos corazones eran ricos en compasión, tales poderes podían ser valiosos instrumentos al servicio de la Orden.

El Venerable Mahāmoggallāna era el monje que había desarrollado y cultivado con más asiduidad los poderes psíquicos. Por supuesto había otros discípulos prominentes sumamente hábiles en cuanto a estos poderes, pero eran normalmente expertos en sólo una o dos áreas. Pero el dominio que tenía Moggallāna sobre las facultades psíquicas, no lo tenía ningún otro discípulo.

A continuación se mencionan las facultades particulares de Moggallāna que se evidencian en diversos incidentes y anécdotas de los Suttas:

Penetrar las mentes de otros (lectura de pensamiento).

El oído divino (capacidad auditiva supranormal).

El ojo divino (clarividencia).

Viaje mediante el cuerpo mental (viaje astral).

Telequinesia (locomoción supranormal).

El poder de transformación.

 

El logro de tales facultades en Moggallāna sólo fue posible mediante el adiestramiento sistemático en la práctica de las cuatro jhanas. Cuando la mente se ha vuelto “luminosa, sin mancha, libre de engaño, maleable, manejable, firme e imperturbable”, puede funcionar como un poderoso instrumento capaz de descubrir campos de conocimiento que permanecen normalmente ocultos para nosotros bajo velos impenetrables.

La muerte de Moggallāna

Al ser el Buddha un hábil maestro que conducía a innumerables seres hasta las puertas de la liberación, un grupo de ascetas del pueblo de Magadha se hallaban resentidos tanto por la pérdida de su prestigio, como por la pérdida de muchos de sus discípulos que se habían adherido a la enseñanza del Maestro. De sus penalidades hicieron responsable principal al Venerable Mahāmoggallāna; su envidia y odio era tal que deseaban eliminarle físicamente. Para ello habían contratado a un grupo de bandoleros a quienes les ofrecieron dinero a cambio de la vida del gran discípulo.

Muchos eones atrás, en un renacimiento previo, Moggallāna había provocado la muerte de sus padres. Este kamma atroz le había llevado a un renacimiento en el infierno durante incontables años, pero su maduración no había concluido, todavía quedaba un residuo, y ahora, cuando se encontraba frente a un peligro mortal, ese residuo maduraba repentinamente y acarreaba su fruto. Moggallāna comprendió que no tenía elección y que debía someterse a su destino. Los bandoleros, después de varios intentos de asesinarle, lograron al fin su cometido: entraron a la cabaña en donde Moggallāna moraba en soledad en un bosque a las afuera de Rājagaha y le golpearon hasta causarle la muerte.

Posteriormente a este hecho, Moggallāna se elevó por los aires y voló hacia el lugar en donde residía entonces el Buddha para anunciarle que iba a alcanzar el Nibbāna final. El Buddha le rogó que impartiera un último sermón a la comunidad de bhikkhus, lo que hizo el discípulo. Acto seguido rindió homenaje al Bienaventurado y pasó al elemento del Nibbāna sin dejar residuos.

Este último episodio de la vida de Moggallāna muestra, no obstante, que la ley de causalidad moral tiene mayor fuerza que las hazañas supranormales de un maestro de poderes psíquicos.

Sāriputta y Mahāmoggallāna eran unos discípulos tan maravillosos, dijo el Buddha, que la asamblea aparecía vacía ante él después de sus muertes. Era sin duda maravilloso que existiera un par tan excelente de discípulos, pero era también maravilloso que, a pesar de su excelencia, cuando ambos hubieron abandonado sus cuerpos, no hubiera ni dolor ni lamento por parte del Maestro.

Por consiguiente el Buddha, inspirado por la grandeza de los dos discípulos principales, prosiguió diciendo a los seguidores del Dhamma que se esforzaran por ser su propia isla de refugio, con el Dhamma como su isla de refugio, sin buscar ningún otro refugio, y que confiaran plenamente en la poderosa ayuda de los cuatro fundamentos de la atención (satipaṭṭhāna).

Los que con gran empeño se entrenan de este modo en el Noble Óctuple Sendero pasarán ciertamente más allá de todos los reinos de oscuridad que abundan en el saṃsāra. Así nos lo asegura el Maestro.


 

Como son interesantes las vidas de estos Sabios. Gracias por compartir.

Dejo enlace para bajar audio del texto.