You are hereLa Toma de los Preceptos / I - El Significado Esencial de la Moralidad

I - El Significado Esencial de la Moralidad


By devangelos - Posted on 30 December 2007

La palabra pali sīla, traducida como "disciplina moral,"  o "moralidad" cuenta con un triple nivel de significación: (1) La virtud interna, que comprende una serie de cualidades tales como la bondad, el contentamiento, la veracidad, la sensatez, la paciencia, etc.; (2) las acciones virtuosas del cuerpo y el lenguaje, las cuales expresan externamente aquellas virtudes internas; (3) las normas de conducta que rigen dichas acciones de acuerdo con los ideales éticos. Estos tres niveles aparecen estrechamente relacionados y no siempre parece factible su distinción individual. En términos generales, si lográramos aislarlos, diríamos que la moralidad, como virtud interna, puede ser entendida como la meta del entrenamiento en la disciplina moral; la moralidad, como las acciones purificadas del cuerpo y el lenguaje, la manifestación del objetivo; y la moralidad como el conjunto de normas de conducta, es decir, los medios sistemáticos para realizar la meta. Por tanto, la moralidad como virtud interna, consiste en armonizar nuestras acciones corporales y verbales con los ideales éticos a que aspiramos y esto se logra siguiendo las reglas de conducta que intentan dar forma concreta a estos ideales.

Los textos buddhistas explican que la moralidad posee la característica de armonizar nuestras acciones del cuerpo y el lenguaje. Sīla armoniza nuestras acciones haciéndolas congruentes con nuestros verdaderos intereses, con el bienestar de otros y con las leyes universales. La ejecución de acciones contrarias a la moralidad conduce a un estado de escisión interna de uno mismo caracterizado por la culpa, la ansiedad y el remordimiento. Sin embargo, la observancia de los principios de la moralidad cura esa escisión, otorgando a nuestras facultades un estado de equilibrio y unidad. Sīla también nos conduce a vivir en armonía con otros hombres. Mientras las acciones emprendidas en desacuerdo con los principios éticos de la moralidad promueven relaciones basadas en la competencia, la explotación y la agresión; aquellas de acuerdo con los principios éticos de la moralidad, promueven relaciones de concordia entre los hombres, paz, cooperación y respeto mutuo. Es importante aclarar que la armonía lograda por el cumplimiento de los fundamentos de la moralidad no termina en el nivel social, sino que conduce nuestras acciones hacia una armonía con una ley superior - la ley de kamma, de la acción y sus frutos, misma que rige invisiblemente tras el mundo de la existencia sintiente.

La necesidad de incorporar esa estructura ética, como base o fundamento del sendero, la convierte en una serie de preceptos establecidos que guían una conducta recta. Los preceptos básicos que se encuentran en las enseñanzas del Buddha son los cinco preceptos (pañcasīla), que incluye las siguientes cinco reglas de entrenamiento:

1. La regla de entrenamiento en la abstención de privar de la vida a seres vivientes.

2. La regla de entrenamiento en la abstención de tomar lo que no ha sido dado.

3. La regla de entrenamiento en la abstención de conducta sexual ilícita.

4. La regla de entrenamiento en la abstención de lenguaje falso.

5. La regla de entrenamiento en la abstención de intoxicantes fermentados y destilados que conducen a la desatención.

Estos cinco preceptos constituyen el código ético mínimo que rige a los buddhistas laicos y son regularmente ofrecidos por los monjes a los discípulos laicos, casi en cualquier tipo de servicio y ceremonia, siguiendo inmediatamente a la toma de los tres refugios y son asumidos y renovados cada día por los buddhistas laicos serios como parte de su recitación diaria.

Los preceptos funcionan como el corazón del entrenamiento de la disciplina moral y tienden a generar, a través de la práctica metódica, la purificación interna de la voluntad y la motivación, las cuales se expresan en conductas corporales y verbales virtuosas. Por tanto, el término equivalente de cada precepto es sikkhapada o "factor de entrenamiento;" es decir un factor de entrenamiento en la disciplina moral. Sin embargo, es importante señalar que la formulación de las virtudes éticas en términos de normas de conducta encuentra una objeción que refleja una actitud cada vez más generalizada entre la gente. Esta objeción sostenida por los generalistas éticos cuestiona la necesidad de poner la ética en forma de normas específicas. Es suficiente, dicen, simplemente tener buenas intenciones y guiarnos por nuestra intuición de lo que es recto y erróneo. El proponer reglas de conducta es, en el mejor de los casos superfluo y, en el peor, conduce a una concepción estrecha de la moralidad y constriñe la ética a un sistema legalista. Los buddhistas replican que aunque la virtud moral no puede ser equiparada sencillamente con cualquier conjunto de reglas o con la conducta externa que se adecua a tales reglas, las reglas son también de valor para ayudar al desarrollo de la virtud interna. Solamente una pequeña minoría de personas puede transformar sus vidas sólo por un acto de mera voluntad. La gran mayoría avanza más lentamente y con la ayuda de un apoyo paso a paso que les permitirá gradualmente cruzar las terribles corrientes que constituyen la avidez, el odio y la ignorancia. Si el proceso de auto-transformación, que es el corazón del sendero buddhista, inicia con la disciplina moral, entonces la manifestación concreta de esta disciplina son las líneas de conducta representadas por los cinco preceptos, a los cuales nos adherimos como medios eficaces para esta auto-transformación. Los preceptos no son mandamientos impuestos desde el exterior, sino principios de entrenamiento que cada uno asume por medio de su propia iniciativa y esfuerzo para seguir con conciencia y entendimiento. Las fórmulas de los preceptos no dicen "tú debes abstenerte de...," sino "yo asumo la regla de entrenamiento en la abstención de privar de la vida..." El énfasis aquí, como a través de todo el camino, es la auto-responsabilidad.

Los preceptos engendran una serie de disposiciones virtuosas por un proceso que incluye la sustitución de opuestos. Las acciones prohibidas por los preceptos - matar, robar, adulterio, lenguaje falso y consumo de intoxicantes - son motivadas por factores mentales insanos llamados en la terminología buddhista "impurezas" (kilesa). El involucrarnos en cualquiera de estas acciones, conduce a fortalecer el poder de las impurezas sobre la mente hasta el punto de que ellas se conviertan en nuestros rasgos dominantes. Sin embargo, en el momento de emprender el entrenamiento, mediante el cumplimiento de los preceptos, es cuando se nos presenta la posibilidad de frenar esa corriente de factores mentales insanos, dando lugar a un proceso de sustitución de factores, donde las impurezas son reemplazadas por estados sanos que se van intensificando en la medida en que avancemos en el proceso de entrenamiento y cumplimiento de los preceptos.

En ese proceso de auto-transformación, la eficacia de los preceptos proviene de otro principio psicológico, la ley del desarrollo a través de la repetición. Aún cuando al inicio la práctica puede encontrar cierta resistencia interna, si es repetida una y otra vez con entendimiento y determinación, las cualidades puestas en juego se integran imperceptiblemente en la estructura de la mente. Nosotros empezamos generalmente bajo el influjo de actitudes negativas, atrapados por emociones insanas. Pero si nos percatamos de que estos estados negativos de conciencia conducen al sufrimiento y que para liberarnos del mismo debemos abandonarlos, entonces vamos a tener la suficiente motivación para emprender el entrenamiento diseñado para neutralizar las actitudes negativas. Este entrenamiento inicia con la práctica de la moralidad y, posteriormente, se procede a internalizar el auto-control, a través de la meditación y la sabiduría. En este período inicial, la observancia de los preceptos puede requerir de un esfuerzo extraordinario, sin embargo gradualmente las cualidades virtuosas que ellos encierran ganarán la suficiente fuerza para que nuestras acciones fluyan tan natural y suavemente, como el agua de un manantial.

Los cinco preceptos se encuentran formulados de acuerdo con la algoritmia ética de utilizarse a uno mismo como criterio para determinar la manera de actuar en relación con nuestros semejantes. En pali, este principio se expresa con la frase "attānaṃ upamaṃ katvā," "considérese a sí mismo como semejante de los demás y, a los demás, como semejantes de uno mismo." El método de aplicación entraña el simple cambio imaginario de situarse uno en el lugar del otro. Así, antes de decidir llevar a cabo una acción, habremos de asumir una posición neutral y considerar si su ejecución sería placentera o dolorosa para nosotros mismos. Con esta actitud reflejaremos que los demás son fundamentalmente semejantes a nosotros mismos; lo que es agradable o doloroso para nosotros, lo es también para los demás y, por tanto, así como no deseamos que otros nos causen dolor, no debemos causarlo a otros.

Como el Buddha explica:

Sobre esta materia el noble discípulo reflexiona: 'Aquí estoy, gozando de mi vida, sin deseo de morir, deseoso de placer y con rechazo hacia el dolor. Suponiendo que alguien me privara de la vida, no sería un hecho placentero para mí. Si yo, en cambio, privara de la vida a otro ser, gozando de su vida, sin deseo de morir, deseoso de placer y con rechazo hacia el dolor, no sería algo placentero para él. Porque ese estado que no es placentero para mí, tampoco debe serlo para otro. Y un estado que no es querido y que no es placentero para mí, ¿cómo podría yo causar ese estado a otro?' Como resultado de esta reflexión, el discípulo se abstiene de privar de la vida a cualquier ser, alienta a otros de abstenerse y se expresa siempre a favor de tal abstención (Saṃyutta Nikāya, 55, No. 7).

De este método deductivo utilizado por el Buddha se derivan los primeros cuatro preceptos. El quinto, relacionado con la abstención de intoxicantes, se asocia fundamentalmente con la persona misma, con lo que uno pone en su cuerpo. Sin embargo, debido a que este precepto puede conducir a la violación de los otros cuatro, con mucho mayor perjuicio para nuestros semejantes, sus implicaciones sociales son más profundas de lo que aparece a primera vista y lo colocan en el rango del mismo método deductivo de derivación.

La ética buddhista, como se encuentra formulada en los cinco preceptos, es considerada algunas veces como una ética que enfatiza los aspectos negativos de la existencia. Se le critica por ser una moralidad que solamente promueve la abstención, careciendo de cualquier ideal de acción positiva. A esta crítica, han de ofrecerse una serie de respuestas. La primera de ellas se refiere a que los cinco preceptos o aun otros promulgados por el Buddha, no constituyen la totalidad de los principios éticos buddhistas, sino solamente las más elementales reglas de entrenamiento moral. Buddha, además, propone otras normas éticas que inculcan virtudes positivas perfectamente definidas. El Maṅgala Sutta, por ejemplo, recomienda la reverencia, la humildad, el contentamiento, la gratitud, la paciencia, la generosidad, etc. Otros discursos incluso prescriben lineamientos tanto familiares como sociales y políticos, orientados a lograr el bienestar de la sociedad. Detrás de todos estos lineamientos, subyacen las cuatro actitudes llamadas "las inconmensurables" (Brahma Vihāra): amor benevolente (mettā), compasión (karuṇā), alegría altruista (muditā) y ecuanimidad (upekkhā).

Pero volviendo a los cinco preceptos, hay que decir algunas palabras sobre su formulación negativa. Cada principio moral incluido en los preceptos contiene dos aspectos: uno negativo, en tanto regla de abstención, y otro positivo, en cuanto a virtudes a cultivar. Estos aspectos son denominados respectivamente, vāritta (abstención) y cāritta (ejecución positiva). El primer precepto está formulado bajo la regla de abstenerse de la destrucción de la vida. Por un lado es vāritta, en tanto que constituye un principio de abstención y, por el otro, es cāritta, en cuanto desarrolla la cualidad denominada compasión. En este sentido, en los suttas leemos: "El discípulo, al abstenerse de privar de la vida a otro ser, vive sin garrote y sin espada, consciente, pleno de simpatía y deseoso del bienestar de todo ser viviente." Así, correspondiendo al lado negativo que aplica la abstención de la destrucción de la vida, aparece el lado positivo promoviendo el desarrollo de la compasión y la empatía con todos los seres sintientes. De manera similar, al hecho de abstenerse de tomar lo que no ha sido dado corresponde la honestidad y la satisfacción; a la abstención de llevar a cabo conductas sexuales ilícitas corresponde la fidelidad marital en el caso de las personas laicas y el celibato en el caso de los monjes; a la abstención de lenguaje falso corresponde el hablar con verdad; a la abstención de intoxicantes corresponde la recta atención.

Sin embargo, a pesar de reconocer esa dualidad de los aspectos de cada precepto, la pregunta permanece presente: ¿Por qué si cada principio moral encierra una dualidad, sólo se hace referencia a la parte negativa relacionada con la abstención? ¿Por qué no asumimos también reglas de entrenamiento para el desarrollo de virtudes positivas, tales como la compasión, la honestidad y otras?

A estas preguntas corresponde una doble respuesta. En primer lugar, para desarrollar las virtudes positivas, tenemos que empezar por abstenernos de ejecutar los actos negativos que se oponen a ellas. El desarrollo de estas virtudes positivas permanecerá deformado en tanto que las impurezas reinen en forma desenfrenada. No podemos cultivar la compasión si al mismo tiempo nos complace matar a otros seres, o cultivar la honestidad mientras robamos y engañamos. En principio, tendremos que abandonar lo insano, evitándolo. Solamente cuando hayamos asegurado una base para evitar lo insano podremos esperar tener éxito al cultivar la ejecución de factores positivos. Este proceso purificante de las virtudes puede compararse con el crecimiento de una flor de jardín en un espacio de tierra incultivada. En este caso no empezamos por sembrar las semillas allí en espera del nacimiento generoso de una bella planta. Tendremos que empezar por arrancar las malas hierbas y preparar el espacio donde podremos depositar las semillas y solamente después de haberlas arrancado y nutrido el terreno, podremos plantar las semillas con la confianza de que las flores crecerán sanamente.

Otra razón por la que los preceptos se mencionan en términos de abstención es que el desarrollo de las virtudes positivas no puede ser prescrito por reglas. Éstas sólo pueden determinar lo que con nuestras acciones externas debemos evitar y ejecutar, pero sólo nuestra aspiración de ideales - no las reglas - puede controlar aquello que se desarrolla en nuestro interior. De esta manera, nosotros no podemos asumir una regla para ser siempre amorosos hacia otros. Imponer tal regla es colocarnos en una doble atadura, ya que nuestras actitudes internas no son tan dóciles como para poder ser determinadas por mandamientos. El amor y la compasión son los frutos del trabajo que desempeñamos internamente con nosotros mismos, no producto estrictamente del cumplimiento de un precepto. Lo que sí podemos es asumir el precepto de abstenernos de privar de la vida y de lastimar a otros seres sintientes y, después, podremos tomar la resolución, sin tanto alarde, de desarrollar el amor benevolente y dedicarnos al entrenamiento mental necesario para alimentar su crecimiento.

Es preciso añadir algo más en relación con la formulación de los preceptos. A pesar de su enunciación en términos negativos, los preceptos son generadores de enormes beneficios, tanto para los demás como para uno mismo. El Buddha dice que quien se abstiene de destruir la vida, brinda seguridad incondicional a todos los seres vivos. Destaquemos cómo la simple observancia de un precepto conduce a tan grandioso resultado aunque no sea tan inmediatamente evidente. Por mí mismo, nunca podría ofrecer tan inconmensurable seguridad a otros seres mediante cualquier programa de acción positiva. Aún si yo elevara mi protesta contra todas las matanzas en el mundo o marchara contra la guerra continuamente y sin cesar, con estas acciones no podría nunca detener la matanza de animales o asegurar el final de la guerra. Pero cuando adopto para mí mismo el precepto de abstenerme de la destrucción de la vida, entonces por la razón del precepto, yo no destruiría intencionalmente la vida de ningún ser sintiente y, así, cualquier ser sintiente puede sentirse seguro y a salvo en mi presencia. Todo ser estará seguro de que nunca será dañado por mí. Por supuesto que yo no puedo garantizar que otros seres vivientes sean absolutamente inmunes al daño y al sufrimiento pues esto está más allá del poder de cualquiera. Todo lo que está dentro de mi capacidad y en la esfera de mi responsabilidad son las actitudes y acciones que emanan de mí mismo hacia otros y, en tanto que ellas sean circunscritas por la regla de entrenamiento en la abstención de privar de la vida, ningún ser viviente se sentirá amenazado en mi presencia ni sentirá temor de que algún daño o sufrimiento provenga de mí.

El mismo principio se aplica a los otros preceptos ya que en la medida en que asumo rectamente el precepto de abstenerme de tomar lo que no ha sido dado, nadie tendrá razón para creer que robaré lo que a él le pertenece. Los bienes de otros seres estarán seguros. Cuando asumo rectamente el precepto de abstenerme de conducta sexual ilícita, nadie tendrá razón para creer que intentaré siquiera seducir a su esposa. Cuando asumo rectamente el precepto de abstenerme de lenguaje falso, entonces cualquier persona que entable comunicación conmigo podrá estar segura de que escuchará la verdad y mi palabra podrá ser considerada siempre como confiable y verdadera aún en asuntos de importancia crítica. Cuando asumo rectamente el precepto de abstenerme de intoxicantes entonces habrá seguridad de que los crímenes y transgresiones que produce su consumo no serán cometidos por mí. Por tanto, al observar los cinco preceptos podré brindar gran seguridad a los incontables seres a través de esas cinco silenciosas pero poderosas determinaciones establecidas en la mente.