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Postraciones de la nada


By kanthaka - Posted on 11 June 2008

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Recientemente estuve en un retiro de meditación dirigido por un sabio monje del que me considero humilde discípulo… Esos retiros suelen convocar un material humano de lo más variopinto: hombres y mujeres que componen el espectro sociológico del Buddhismo en España que frecuentan los retiros de meditación vipassana, unos procedentes de las grandes urbes y otros residentes en pequeños núcleos de población: diferentes motivaciones personales, biografías únicas, caminos diversos que conducen a unos y otros a un punto de convergencia común: la práctica de la vipassana. He observado que la media de edad de los concurrentes a estos eventos suele oscilar entre los treinta y pocos hasta los cuarenta y cinco años… Ni muy jóvenes, ni muy viejos… De modo que en tales convocatorias a un servidor invariablemente siempre le corresponde el papel de “viejo del lugar”. ¿Qué pasa con mi generación? ¿Es que no les interesa su vida espiritual o, acaso, ya marcharon todos a ”reconectar” a otro sitio? Algo debe haber de una y otra causa, porque, al regresar a casa, conectar mi PC y bajar el correo, lo primero que encontré fue la noticia del fallecimiento de un viejo amigo…

Pero en este artículo no quiero hablar de la muerte, dejémosla de momento hasta que naturalmente llegue… Quiero seguir hablando de la diversidad del material humano que concurre a los retiros de meditación. ¿Qué nos condujo a cada uno de nosotros hasta la vipassana? Unos viajaron por oriente y allí, casi inesperadamente, se encontraron con ella y absorbieron sus enseñanzas en los viejos monasterios del sudeste asiático. La actitud de esos suele ser fuertemente devocional, semejante a la piedad de los laicos naturales de esas latitudes. Otros llegamos al Buddhismo por los recovecos de una diversa bibliografía, somos los “buscadores de librería”, especie casi “híbrida” humana-roedora de papel, acaso procedente de esos espacios de la imaginación como el “Cementerio de los libros olvidados” que describe Zafón, precisamente situado en mi ciudad, Barcelona.

El retiro tuvo lugar en casa de nuestro amigo JFB. Su casa es un lugar peculiar, mitad residencia familiar, mitad monasterio de reminiscencias budistas-tailandesas. Esa familia, tan singular como su casa, consagrada en cuerpo y mente al Dhamma, procuraron con todos sus medios que nuestra estancia allí fuera agradable, aunque, todo hay que decirlo, las suculentas comidas que nos sirvieron generaron en nuestras mentes más apego del adecuado para tales retiros ascéticos, quizás por ello en ocasiones se nos soltaba la lengua más de lo aconsejable en el seno del noble silencio. Mis felicitaciones en todo caso a su excelente cocinera.

Pues bien, hallábame yo uno de los primeros días en la sala de meditación, doblando mis viejos huesos y tratando de esbozar algo que se pareciera a una postración… El bueno de JFB se dio cuenta de mis dificultades y, solícito, vino a asesorarme: “No, no, así lo hacen los musulmanes. Verás… es así, coloca las manos de esta manera, los brazos más juntos, ahora inclina la cabeza hasta el suelo… Así…” Y, de esa manera, gracias a sus indicaciones, logré hacer mi primera postración… socialmente presentable. Pero, ¡ay! mi problema no acababa ahí… mi problema radicaba en mi mente… Resulta que ¡me desagradaban profundamente las postraciones!, me sentía ridículo haciéndolas, ¡incluso profundamente humillado! A mi ego (¡Ah, el ego, qué gran personaje!) no le gustaba ni un pelo eso de inclinarse. Me decía “pero bueno, vamos a ver, ante quién nos inclinamos… Ahí no hay nadie. Esa estatua de Buddha es de madera, plástico, latón o lo que sea… El Buddha no era un dios, era un hombre y murió hace 2500 años… Ahí no hay nadie. Esto carece de sentido y además es humillante para... MÍ (YO, EL EGO)”.

En esas cavilaciones, un buen día, durante la meditación caminando, me pregunté: “¿Pero quién demonios soy yo?” e inmediatamente me vino la respuesta a la mente: “Nadie, no eres nadie, una mera coyuntura de elementos psico-físicos, los cinco agregados, destinados a su disgregación en la muerte… nada más que eso… En realidad bien poca cosa… ¡NADA! En la siguiente sesión en la sala ya realicé mis tres postraciones sin problemas y me sentí bien.

Entonces asocié esta pequeña aventura mía a propósito de las postraciones con un fragmento de la película de Bertolucci “El Pequeño Buda”, cuyo video se puede ver aquí:

http://www.youtube.com/watch?v=c9PYNC-d-Vk


Quizás la versión que nos ofrece Bertolucci no se corresponde con la correcta interpretación canónica, sabido es que los artistas se toman licencias a la hora de realizar sus creaciones, pero es igualmente evocadora y sugerente. El pasaje en cuestión es justamente la útima parte del fragmento que aparece en el vídeo, que ilustra el relato tradicional de las tentaciones de Mara.

El pasaje canónico relacionado viene recogido en el verso 154 del Dhammapada: “¡Constructor de la casa, te he visto! No harás de nuevo la casa. Todas tus vigas están rotas; el techo de la casa, destruido. La mente ha ido a lo incondicionado, alcanzó la extinción de los deseos”.

Naturalmente, estimado/a lector/a, que Kanthaka no pretende haber visto al “Constructor de la casa”, si así fuera me habría convertido en un arahant y te aseguro que estoy muy, pero que muy lejos de eso… Solamente quiero decir que a propósito de los problemas que tuve con mi ego a la hora de hacer las postraciones, recordé ese bello pasaje de la película de Bertolucci y en ese momento me resultó útil para “poner a mi ego en su sitio”.

Con mettā

Kanthaka

Kanthaka, qué agradable es leer tus artículos, son muy ilustrativos. Compartes tus reflexiones de una manera muy elocuente. Gracias!